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¿Por qué nos hemos quedado tan lejos?

Manfredo Kempff 27/5/2021 05:00

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¿Qué son Rusia, China y Vietnam, en el mundo? Desde luego que no se las puede catalogar como potencias comunistas, ni siquiera socialistas. La URSS, vencedora de la “gran guerra patria” contra el nazismo, dejó el comunismo; los chinos, con crueles guerras internas de liberación y hambrunas indescriptibles, también se apartaron de Marx; los vietnamitas, salidos de una larga y sangrienta guerra contra el capitalismo norteamericano, han abandonado el modelo comunista.

Un amigo inteligente me hacía notar que esas naciones, otrora comunistas, han adoptado el sistema capitalista a plenitud. Se han tragado al diablo, lo han digerido, se han alimentado de él. Gobiernan incuestionables dictaduras que se dicen democráticas, aunque no se respeta el Estado de derecho, como sucedió con los regímenes comunistas. Pero se campea el liberalismo económico a sus anchas. Como el fascismo alemán. Y se ha convertido en prioritaria la economía del conocimiento, la era de la innovación. Es por eso que según Oppenhaimer, las naciones de Asia y África van a crecer económicamente mucho más que Latinoamérica que se quedará postrada en el fondo del pozo.

Una suerte de “neofascismo” ha aparecido en el mundo sin que nadie diga nada. Por supuesto que este neofascismo no tiene que ver con el totalitarismo nacionalista de Mussolini y Hitler; no es racista, ni pretende un militarismo avasallador. No se puede comparar a los rusos y chinos de hoy con los alemanes e italianos de los años 30 y 40 del siglo pasado. Ese no es el caso. Aquí lo que señalamos es que el fascismo como tal no modificó el modelo económico capitalista. Que, por el contrario, Hitler, sobre todo, se alió con los grandes empresarios alemanes como Von Schröder, Krupp, Porche, Messerchmitt, y los favoreció para que se creara riqueza en una Alemania abatida y endeudada. Volkswagen, Opel, Siemens, Adidas, BMW, Mercedes-Benz, fueron empresas que impulsaron la economía germana, porque aplicaron, más que el resto de sus vecinos democráticos, la economía del conocimiento. Innovar y producir fue la meta. El éxito resultó extraordinario y Alemania, de la derrota en 1918 pasó a ser la primera potencia europea a fines de los años 30. Autopistas, represas, ferrovías, industrias, se crearon por todas partes. Surgieron innovaciones de toda naturaleza porque se invirtió en educación. Que luego Hitler optara por volcar su enorme producción e ingenio hacia el armamentismo, es la parte negra de su historia.

Pues bien, hoy estamos observando a quienes llamamos “neofascistas”, que, despojados del ropaje de la miseria y el hambre, cansados de los años de calamidades, han tenido liderazgos que tomaron la senda capitalista en el campo de la economía, aunque sin abandonar el autoritarismo en su política interna. Es decir, que, el marxismo en sus múltiples modalidades, ha sido descartado como modo de vida. Las nacionalizaciones, el colectivismo, la guerra contra la libre empresa, se han echado a un lado y ahora interesa la producción, la eficiencia, los mercados, la tecnología y, sobre todas las cosas, la educación.

Solo en las regiones más atrasadas del planeta, las más empobrecidas, principalmente en Latinoamérica, todavía se piensa en el comunismo o el socialismo como tabla de salvación. Cuba, Venezuela y Nicaragua, aparentemente no son bastante ejemplo como para que Bolivia repudie un futuro similar. Como sucede con la Argentina actual o como amenaza suceder con Perú y Chile, donde existen todavía demagogos que hacen creer en quimeras de prosperidad caída del cielo. Eso de igualar por lo bajo quitándole a los que tienen más para darles a los que tienen menos no ha servido sino para festines pasajeros que resultaron ruinosos. Si comparamos los índices de educación de los latinoamericanos con los asiáticos, vemos a qué se debe todo este jolgorio populista: a la falta de educación, a la ausencia de ver el futuro que viene a paso apresurado y estar pensando en el Che Guevara.

Ya lo sabe todo el mundo: no se conoce país donde el comunismo haya solucionado la pobreza. Por el contrario, ha hundido a quienes lo practicaron y ahora mismo tiene en la hambruna a los que persisten en practicarlo. El ejemplo de los rusos, chinos, vietnamitas y otras naciones, donde el comunismo rigió durante décadas, es más que suficiente: ese sistema no funciona.

Así que está de buen tamaño que en Bolivia sigamos exaltando las nacionalizaciones inservibles y ahuyentadoras de capital, mintiendo al pueblo que ya no tiene hambre o que ha aprendido a leer. Con la educación que tenemos seguirá la gente bloqueando calles, robando al Estado, negociando con narcotraficantes, asaltando en las aduanas de los aeropuertos, y creyendo en Evo Morales.



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