El Deber logo
16 de agosto de 2017, 4:00 AM
16 de agosto de 2017, 4:00 AM

En una charla que me aproximaba por primera vez al feminismo, una persona muy entendida en el tema, sin aspavientos, ni bronca en el tono, lanzó una afirmación que dejó perpleja a mi corrección política: “¿Por qué viola un hombre? Porque puede”.  A continuación lanzó una segunda afirmación que echó por tierra mi afán por la compostura y el justo medio: “todo hombre es un violador en potencia”. Me tomó meses de charlas y lecturas comprender el fondo de una afirmación tan extrema y prejuiciosa a mi temprano entender. Poco a poco se hizo evidente que no se trataba de un prejuicio de reacción antimasculina, o una alusión ofensiva hembrista. Sino del resultado de una estructura social diseñada para el ejercicio del poder y el privilegio.

Nos criamos en una lógica de mercado implacable, en el que la moneda de cambio impuesta para los hombres (varones) es la violencia. Desde niños, quien pega más fuerte, gana. En otras palabras, quien hace más daño, establece el parámetro de éxito. Mientras que, en el caso de las mujeres, nuestra moneda de cambio es nuestro cuerpo y el dominio del afecto a partir del cuerpo. Los hombres son proveedores, quienes cambian violencia por dinero, con el que compran la felicidad. Trabajan el día entero para llegar a casa y recibir el afecto y placer merecidos. El mundo es un mundo de hombres para hombres, criados para adquirir elementos a la mano para su autorrealización. En este mercado se naturaliza el ejercicio de denigración del oponente, para denigrarlo se le debe quitar la masculinidad, con ello casi la humanidad, el recurso es feminizarlo. Ponerle una falda, denominarlo marica.

Si el mecanismo de deshumanización es la feminización es posible afirmar que todo hombre puede ser un violador en potencia. En el mercado, la mujer no ocupa otro lugar que un instrumento, un objeto a la mano para satisfacción masculina.  

Las mujeres en cambio, somos criadas para el cuidado, para el dominio de lo doméstico. Pero cuando queremos tomar control de nuestro cuerpo y usufructuar del placer, inmediatamente toca el castigo. El peor insulto para una mujer es “puta”. Denominación dada a la mujer que se iguala al varón y debe ser marcada por pujar en el mercado con el capital que la sociedad y la cultura le otorga. El peor insulto para un hombre es “marica” o “hijo de puta”, ambos ejercicios de reducción de humanidad de los hombres al aproximarlos a la mujer.

En este contexto, no es difícil entender la violencia de género, las orejas cortadas, la familia asesinada, la mujer eliminada con raticida, el fin de semana pasado. Hasta que no nos sentemos a repensarnos y resignificar masculinidades y feminidades; hasta que no reconozcamos la inequidad ontológica, ética, estética, política, simbólica y económica entre hombres y mujeres, la violencia no cesará. 

Tags