25 de diciembre de 2022, 4:00 AM
25 de diciembre de 2022, 4:00 AM


¿Siente usted que no vive en paz? ¿Tiene una preocupación permanente? ¿Le invade la ansiedad? ¿Le tensiona esto su relación con otras personas? ¿Diría que sufre de estrés? ¿Será normal sentirse así? ¿Cómo evitarlo?
La Real Academia Española (RAE) dice que la “preocupación” es la acción y efecto de preocupar(se) por algo que ha ocurrido o que va a ocurrir, pudiendo producir intranquilidad, temor, angustia o inquietud. La “ansiedad” es un estado de agitación, inquietud o zozobra del ánimo (alma). La “angustia” suele acompañar a muchas enfermedades, en particular a ciertas neurosis, y no permite sosiego a los enfermos. La “tensión” es el estado anímico de excitación, impaciencia, esfuerzo o exaltación. El “estrés” es la tensión provocada por situaciones agobiantes que originan reacciones psicosomáticas o trastornos psicológicos a veces graves.

¿Habrá alguien que no tenga preocupaciones con relación a problemas reales o imaginarios? Casi todos los seres humanos las tenemos, el problema son los pensamientos de angustia que se producen ante la incertidumbre del futuro, lo cual queremos controlar.

Alguien dijo que el querer anticiparse a situaciones que pueden o no suceder es la “forma carnal de expresar la incredulidad en la habilidad de Dios para arreglar una situación”. Quien cree que puede solucionarlo todo, ignora que lo bueno y lo malo vienen Dios, aunque esto normalmente no se entienda.
Cuando el hombre cree que todo lo bueno que le ha pasado ha sido gracias a su propio esfuerzo, a su propia fuerza, depende de sí mismo y supedita su futuro a lo que él puede hacer: no necesita de Dios. Entonces, echa sobre sí y su familia la carga de tener que hacerlo todo por sí mismo.

El vivir en “estado de alerta” durante todo el tiempo -temiendo lo malo y esperando lo bueno- puede derivar en situaciones de agotamiento físico y mental, al pasar de la preocupación a la ansiedad, a la tensión y al estrés.
Una persona que conoce las Escrituras no debería vivir bajo permanente tensión, angustia, preocupación y menos, llegar al estrés, ya que, si uno se ocupa de las cosas de Dios, Él se ocupará de las cosas de uno. La clave está en conocerlo, vivir en obediencia, depender de Su voluntad, sabiendo que sus pensamientos son más altos que los nuestros, bajo su promesa de que si echamos toda nuestra ansiedad sobre Dios, Él cuidará de nosotros.

Si no conocemos la eficacia de la Palabra, cometemos el error de no aprovechar de su consejo, de las promesas que están contenidas en ella. Si conocemos la Palabra y no la ponemos en práctica, somos negligentes.

Nos preocupamos de todo y de nada, sin saber que prestigiosas universidades han hecho estudios revelando que del 100% de nuestras preocupaciones (el futuro, la salud, el dinero, el amor, etc.) menos de un 20% se llegan a consumar como algo imposible de resolver. El sufrir “esperando que pase algo”, bueno o malo, nos impide gozar de la vida.

Dios no nos quiere alejados de Él. Nos quiere lo más cerca de Él. Sin embargo, si nos preocupamos por todo y por nada, dependiendo de nuestras fuerzas, nos desenfocamos de avanzar en la perspectiva correcta.

Con relación a los afanes de la vida, Jesús nos prometió que, si buscamos primeramente el reino de Dios y su justicia, Él se ocuparía de nuestras necesidades; dijo que no os afanemos por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán y basta a cada día su propio mal.

Frustrarnos y preocuparnos por las cosas que ocurren, no las cambiará ¿por qué no recurrir más bien a Dios, siendo que Él sabe de nuestras necesidades aún antes que se las pidamos?
Para evitar la preocupación, la angustia, la ansiedad y el stress, agarrémonos de la promesa del Maestro, que nos prometió que nos aliviaría de la aflicción: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es fácil y ligera mi carga”.
Y, de esta gran recomendación: “Por nada estéis afanados, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”.

Si tenemos a Dios en nuestro corazón, entonces podremos ser felices con lo que somos y lo que tenemos, y un día podremos decir como Pablo: “He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.

Si siente incertidumbre, lea el Salmo 121, le dará paz. Si siente una amenaza real o espiritual, lea el Salmo 91, para una protección efectiva. Si le preocupa la provisión, lea el Salmo 23. Y, si su deseo es sobresalir en la vida, humíllese ante Dios y Él le exaltará a su tiempo… ¡¡¡Felices Fiestas de Fin de Año!!!