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El paro nacional contra la Ley Contra la Legitimación de Ganancias Ilícitas y en repudio de la persecución política se cumplió ayer de manera contundente en Santa Cruz, aunque en el resto del país fue relativamente parcial en unos casos, y prácticamente inexistente en otros. Con todo, los ciudadanos ejercieron su derecho democrático a la protesta, pese a los mensajes de odio y subestimación que precedieron a esta jornada.

En Santa Cruz se vieron muy pocos bloqueos, pero el paro se hizo sentir, lo que es más meritorio porque quiere decir que la gente acató la medida sin necesidad de estrategias de fuerza como los bloqueos, sino de manera libre y pacífica.

En los pocos casos en que se producían esporádicos bloqueos o enfrentamientos verbales con grupos de simpatizantes del Gobierno del MAS, la Policía intervino no para separar a las partes, sino directamente para defender a los alineados al masismo. El detalle ya no llama la atención porque en éste y en anteriores casos -recuérdese los enfrentamientos de Adepcoca en La Paz- la Policía es la fuerza armada de uno de los bandos.

La jornada trajo a la memoria aquellos históricos 21 días de paro de octubre y noviembre de 2019, cuando Santa Cruz lideró la protesta nacional contra el fraude electoral que benefició a Evo Morales y que derivó en la renuncia y la huida del entonces mandatario.

Ayer volvió a ratificarse con absoluta claridad que la mayor oposición al Gobierno de Luis Arce y al masismo se concentra de manera incuestionable en Santa Cruz. Los “pititas”, como se conoce el movimiento ciudadano de esta ciudad cuando decide parar o bloquear su rotonda o su calle, demostraron ayer que son la vanguardia de la oposición política desde la ciudadanía.

Y nadie cobró por parar actividades como acusó de manera grosera el jefe del MAS, Evo Morales. Nadie paga a alguien por quedarse en su casa. Cuando se paga, normalmente se reparten fichas y en eso el que más experiencia ha demostrado es el MAS.

Un día antes del paro, Evo Morales dijo que el paro sería un fracaso y que Santa Cruz contrataría “dos o tres pitilleros” y les pagarían 200, 300, 500 bolivianos o 100 dólares por día. “Agarran una pitita, trancan la calle y listo, perjudican a la gente. De eso viven los pititas”, dijo Morales en expresiones ofensivas contra un pueblo que tiene el derecho democrático a la protesta.

Hace ya un tiempo que con sus expresiones Evo Morales viene demostrando no tener la talla de la alta investidura de un exmandatario. Desconoce o nadie le explicó que es más digno llevar adelante una protesta de manera pacífica, con “pititas” inofensivas, por simbólicas, que bloquear con violencia, árboles tumbados, rocas empujadas desde lo alto de los cerros, dinamitas en las calles o destrucción de las carreteras.

Tendría alguien que decirle también que esos que él llama “pitilleros” son adictos de la droga que cayeron en desgracia por consumir tabaco en cigarrillo mezclado con base sucia de cocaína, esa que se produce con la coca de los cocaleros del trópico de Cochabamba de la que él es su presidente absoluto desde hace al menos tres décadas.

En contraste con el jefe caudillo y su Gobierno, hay un pueblo muy trabajador que cuando se trata de la democracia es capaz de sacrificar un día de producción para protestar pacíficamente, a veces incluso sin salir a la calle, como ayer, para defender la vigencia de los derechos de los ciudadanos, los mismos que hoy se ven amenazados por todo lo que esconde la polémica ley de ganancias ilícitas.

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