El camión está detenido. No por una falla mecánica ni por falta de combustible. Tampoco porque el conductor haya decidido descansar. Está detenido porque, a cientos de kilómetros de distancia, alguien bloqueó una carretera.
En la cabina, el chofer espera noticias. En algún lugar de Santa Cruz, un productor revisa el teléfono cada media hora. Del otro lado de la frontera, un comprador también espera. La carga no es solo toneladas de soya, azúcar o carne. Son contratos firmados, créditos bancarios, salarios, inversiones y compromisos asumidos meses atrás. La escena se repite tantas veces en Bolivia que casi ha dejado de sorprendernos.
Hace unos días, durante una entrevista en Asuntos Centrales, el empresario y exministro Carlos Kempff utilizó una expresión que me quedó dando vueltas: “independencia logística”.
La frase surgió en medio de una conversación sobre los bloqueos de carreteras que paralizan Bolivia y afectan la salida de productos a los mercados nacionales e internacionales. Pero la idea va mucho más allá de la coyuntura. No habla solo de camiones detenidos ni de retrasos en las exportaciones. Habla de futuro.
Los bloqueos son noticia porque interrumpen la rutina. Pero quizás el verdadero problema no sean los bloqueos en sí mismos, sino la enorme dependencia que estos revelan.
Durante buena parte de su historia, Santa Cruz creció mirando hacia el interior del país. Era lógico. Bolivia era su principal mercado y las rutas se diseñaron para conectar regiones dentro de las fronteras nacionales. Esa lógica funcionó mientras la producción regional abastecía principalmente el consumo interno. Pero Santa Cruz dejó de ser, hace tiempo, únicamente el granero de Bolivia.
Hoy produce alimentos, oleaginosas, carne, azúcar, alcohol y otros bienes en volúmenes que exceden ampliamente la demanda nacional. Su horizonte económico ya no termina en Cochabamba ni en La Paz. Más allá de las fronteras aparecen mercados gigantescos: al este está Brasil, una potencia económica con más de doscientos millones de habitantes. Al sur, Paraguay y Argentina. Más lejos, la hidrovía Paraguay-Paraná abre una conexión natural con el Atlántico y los mercados internacionales.
La discusión, entonces, deja de ser política y se vuelve estratégica. Las regiones exitosas no dependen de una sola puerta de salida. Diversifican rutas, puertos y conexiones para mover su economía con mayor seguridad y eficiencia.
La expresión “independencia logística” puede sonar provocadora. Algunos podrían interpretarla como una propuesta de distanciamiento respecto del resto del país. En realidad, significa exactamente lo contrario. No se trata de romper vínculos, sino de multiplicarlos.
La infraestructura no separa: conecta. Carreteras, puertos y corredores eficientes reducen costos, acercan mercados y vuelven más competitiva una economía. La diversificación logística no es una declaración política. Es una decisión estratégica.
Cuantas más puertas tenga una economía para conectarse con el mundo, menos vulnerable será frente a conflictos, bloqueos, crisis o interrupciones inesperadas.
Tal vez esa sea la diferencia entre una Bolivia que vive pendiente del próximo conflicto y otra que intenta diseñar su porvenir. Mientras unos discuten sobre bloqueos, otros deberían estar planificando carreteras, puertos, corredores ferroviarios y conexiones comerciales. Porque las crisis son transitorias. La infraestructura permanece.
Los bloqueos pasarán. Los gobiernos también. Lo que permanecerá serán las conexiones que seamos capaces de construir. Ahí, la Gobernación y el sector privado tienen un desafío que trasciende cualquier gestión: pensar en la región que existirá dentro de treinta años, no solo en la crisis de la próxima semana.
Durante décadas, Santa Cruz aprendió a producir. Tal vez haya llegado el momento de concentrarse en algo igual de importante: llegar al mundo por más de un camino y asumir un papel más activo en la construcción del país.
La independencia logística no consiste en alejarse de nadie. Consiste en contar con más de una puerta de salida y más de una idea para el futuro de Bolivia.
(*) Alfonso Cortez es comunicador social