Opinión

Puramba, la novela del desencanto

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1 de octubre de 2017, 23:39 PM
1 de octubre de 2017, 23:39 PM
Después de 17 años, una larga espera para sus lectores, el escritor Ruber Carvalho Urey publica su tercera novela: Puramba, que en idioma movima quiere decir Totaizal, un lugar idílico para los protagonistas de esta obra, que es y no es una continuación de la exitosa La mitad de la sangre, una de las novelas más reeditadas de Bolivia.

Seis personajes principales protagonizan esta obra, además de los amigos del autor que aparecen y desaparecen en los capítulos como un cariñoso homenaje a la amistad. Tres hombres: Gabino, Diómedes y José Santos; tres mujeres: Encarnación, Janaina y Tirza. La historia se desarrolla en lugares imaginariamente reales, así como las vidas de los personajes, que por momentos parecen uno solo, en diferentes etapas de sus vidas y/o espacios geográficos. El nombre elegido por Ruber para el lugar es Pilares y Puramba vendría a ser como la utopía, el lugar que sabemos que existe porque otros lo dicen y nosotros lo soñamos.

Los novelistas latinoamericanos somos muy autobiográficos, a diferencia de los norteamericanos, que intentan alejar sus vidas íntimas de lo que narran. En esta novela Ruber lo hace a propósito y quienes lo conocen lo saben, es el poeta contando su vida, sus ilusiones y su desencanto con las ideologías: “Después del Muro, cada quien con su mochila a la espalda a falta de cayado en la mano, anda buscando su propia aventura de café en café, rumiando esoterismos dizque revolucionarios, copiando viejas frases o remendando utopías con los hilos de la araña, que se sueltan al menor soplo de viento”; y luego nos va revelando su desencanto con el sueño que no fue. 

La novela me trajo recuerdo a muchos conocidos de décadas pasadas, en quienes depositamos nuestras esperanzas como hacedores de un mundo mejor, y ahora andan criticando lo que ellos nunca hicieron o lo hicieron peor, dueños de una verdad absoluta y de una supuesta honestidad a toda prueba, cuando todos sabemos de sus hijos estudiados en Europa y Estados Unidos, de sus fortunas mal habidas, de sus jóvenes amantes, de sus crímenes en nombre de la democracia y ahora tienen el cinismo de querer reciclarse como salvadores de un proceso en franca decadencia, que necesita de una profunda autocrítica. 

 
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