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Qué legado, Nachito

Maggy Talavera 21/2/2021 05:00

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Él ya se sabía querido por muchos y nosotros, su familia, sentíamos lo mismo. Pero creo hoy que ni él ni nosotros -esposa, hijos, nietos, cuñados, concuñadas y sobrinos- tuvimos nunca la dimensión real del cariño, admiración y respeto que Papito, como aprendimos a llamarlo desde chicos sus cuatro hijos, logró conquistar a lo largo de sus extraordinarios noventa años de vida. Estoy hablando de Ignacio Talavera Alpire, don Nacho o Nachito, como a él le gustaba ser llamado. Tanto, que se encargó de poner el Don Nacho, entre paréntesis y abajo de su nombre de pila, en la redacción de su propio necrológico.

Sí, así como leen. Un día antes de que el médico nos informara que Papito había muerto, mi hermana Carmiña encontró al azar un viejo y pequeño cuaderno de cuadrícula grande en el que Papito redactó de puño y letra su necrológico. Tachado un primer intento, se lee luego: “Tu sonrisa, tu cariño y tu ejemplo serán nuestra guía por siempre. Dejó de existir el que en vida fue...” Y sigue su nombre, y abajo el Don Nacho. Veinticuatro horas después del hallazgo, he aquí que estábamos las dos pasando a limpio ese borrador, para anunciar la muerte de nuestro amado padre.

Podría haber guardado este hecho para compartirlo solo en el ámbito familiar, íntimo, pero hago cuestión de compartirlo con ustedes en este espacio privilegiado, por varias razones. Una de ellas es, sin duda, la necesidad que siento de rendir homenaje no apenas a mi padre, sino al ser excepcional que fue él no solo en casa, sino también fuera de ella. Y lo mejor de todo es que lo que lo hizo excepcional no fue ningún tipo de poder, político o económico, sino un don de gente marcado por la austera sencillez que le acompañó desde la cuna, por la alegría pícara y contagiosa que le abrió tantos corazones y puertas, y por la coherencia que mantuvo siempre entre lo que pregonaba y lo que hacía.

Ya se han encargado de decirlo quienes tuvieron la suerte de conocerlo y de compartir un tiempo maravilloso con él, ya sea en sus tiempos mozos, marcados por las serenatas y los carnavales vistiendo la casaca de Los Aguaciles, o tatuados a sangre y fuego en sus luchas como dirigente estudiantil de Falange, el partido del que nunca renegó. También quienes lo conocieron después, como hincha y dirigente de Real Santa Cruz, el club de sus amores, lo que le permitió pasar por la dirigencia en el futbol profesional boliviano. O los otros, los que disfrutaron de sus ocurrencias mientras se las batió como comerciante (con su Ñata, mi madre, tuvieron durante años una tienda que se llamaba Darling) y luego como uno más de los primeros “cambistas” asentados alrededor de la Plaza 24 de Septiembre.

Nunca le hizo lance al trabajo. Tengo la impresión que nunca vivió el trabajo como una pesada carga, incluso en los momentos de crisis, que no fueron pocos ¡y vaya si fueron duros de sobrellevar! Yo todavía guardo en la memoria varios de ellos, pero no veo a un Nacho sufrido, salvo tal vez el día en que se quebró frente a las cámaras y lloró a moco tendido por Real Santa Cruz. Quizás por esa capacidad extraordinaria de vivir cada instante con alegría y buen humor es que Papito fue un hombre sano, a pesar de ser desordenado en su alimentación, fumador extremo y sedentario, salvo cuando tronaba la banda, un buen conjunto o cualquier musicón. Su alegría de vivir compensó todo.

Una alegría de vivir contagiosa, pero sobre todo una vida ejemplar, en la que primaron los buenos valores: el amor incondicional a la familia, la solidaridad con los amigos e incluso con quienes apenas conocía, la honestidad en decir siempre lo que pensaba, de frente y “sin importar el tamaño del que tenía al frente”, como lo recordó Walter Castedo; saber servir y no servirse de las instituciones que tuvo el privilegio de dirigir; ser orgulloso de su origen y de su cuna, de sus padres y de sus hijos.

Sin duda que a todo eso se debe haber referido él cuando cerró su breve epitafio con un “tu ejemplo será nuestra guía por siempre”. Qué bello ejemplo y buena guía, no solo para sus hijos y nietos, sino para tantos otros jóvenes que tuvieron la suerte de conocerlo, escucharlo y beber de su sabiduría. Ahora, a honrar su maravilloso legado.



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