Opinión

Que no aflore el odio en medio del desastre

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4 de septiembre de 2019, 4:00 AM
4 de septiembre de 2019, 4:00 AM

El desastre del incendio en los bosques de la Chiquitania, Chaco y Amazonia ha servido para atizar las brasas de un tema que ya parecía extinguido: la confrontación entre cambas y collas. Tanto en Santa Cruz como en La Paz y en otros departamentos del país, los “intelectuales” y otras voces (muchas que solo replican en las redes sociales) esgrimen teorías acerca de las causas de las quemas y sus interpretaciones caen en el juicio radical, que condena al circunstancial adversario. Ese es un terreno peligroso que puede hacer que Bolivia vuelva a una confrontación innecesaria, en la que solo ganan los que buscan dividir para reinar.

Los especialistas explicaron que los chaqueos tienen muchas causas: la búsqueda de réditos inmediatos de las grandes inversiones agropecuarias, azuzada por el pedido gubernamental de multiplicar los niveles de producción y ampliar la frontera agrícola; sumada a la otorgación de parcelas de tierra a colonos, sin respetar el Plan de Uso de Suelos de la Gobernación y sin que se dé capacitación a estos nuevos pobladores acerca de la tradición en la producción agropecuaria. A lo anterior se sumó la extremada sequía de los campos, que fue clave para la expansión descontrolada del fuego.

Las responsabilidades se otorgan según los intereses. A las élites occidentales se les ha dado por culpar al “modelo de desarrollo de Santa Cruz”, ese que permitió que esta región no dependa tanto del Estado para crecer y convertirse en el motor económico del país, así como para ser receptora de una masiva migración nacional e internacional. En cambio, en círculos políticos y económicos cruceños se opta por culpar a los migrantes recién llegados, es decir, a quienes recibieron tierras en los últimos tiempos por decisión única del Gobierno nacional, sin consultar ni con la Gobernación ni con los municipios.

Es en esa lógica de buscar culpables que se habla de los “cambas y su modelo autonómico” o de los “collas que quieren invadir Santa Cruz, a quienes no les importa la naturaleza”. Es decir, se estigmatiza y se sesga la realidad, acomodándola a los intereses de cualquiera de las partes. Obviamente, quien más gana en este debate es el poder político que pesca réditos en el mar de argumentos confrontacionales, más aún en etapa preelectoral, cuando los votos cuentan y cuando se apela más a la impulsividad emotiva que a los argumentos especializados.

Es un hecho irrefutable que necesita dilucidar las causas de semejante desastre, principalmente porque ahora toca encarar una titánica tarea de restauración y porque nadie quiere que estos hechos se repitan. En este proceso hay que replantear muchas políticas de Estado y muchas acciones del sector productivo. Para esto, se precisa serenidad, humildad para escuchar a los que conocen a fondo del tema y desprendimiento de intereses sectarios, a fin de que los pasos a encarar sean los que realmente se necesitan para remediar el profundo daño causado a la naturaleza, que redundará en perjuicios colectivos para esta y para las generaciones del futuro.

Además, no se puede ni debe tolerar que quienes buscan deslindar responsabilidades, así como que los que quieren tener ganancia política en el río revuelto, confundan y generen tanto ruido que no se pueda mirar el horizonte que el país necesita. Que prime la responsabilidad y que se acaben los argumentos fáciles que solo provocan sesgos y odio, ese que parecía haberse aplacado. Para ello, mirar otras experiencias mundiales dolorosas puede servir como referencia de lo que no queremos que ocurra en Bolivia.

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