Opinión

Que resucite el amor…

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16 de abril de 2017, 4:00 AM
16 de abril de 2017, 4:00 AM

Oír decir a una madre, con lágrimas desbordadas y una resignación mortal mientras mira al hijo enfermo: “Que muera nomás”, debería bastar para conmovernos hasta los huesos. Pero parece que no ha sido así. Desde que Walberta apareció en los noticieros y diarios del país contando el drama que vive junto con sus ocho hijos, uno de ellos muy enfermo y operado de emergencia, nada de trascendental ha pasado hasta hoy, a no ser la campaña de los medios ayudándola a pedir ayuda y la rebaja parcial de la cuenta del hospital. La cuenta suma Bs 3.500, una fortuna para una campesina analfabeta que mal gana 10 o 20 pesos al día vendiendo la leche que ordeña de la única vaca que tiene. Eso no sirve ni para alimentarla a ella ni a sus ocho hijos, que mal comen papa con chuño y huevo. Eso, cuando comen, que no es cosa de todos los días. Por eso, cuando los médicos le dijeron que había que operar de emergencia a Rufo, Walberta solo atinó a decir “con todo el dolor de mi corazón, que muera nomás, ¿con qué plata voy a pagar?”.

Esto sucedió tres días antes de celebrar el Día del Niño Boliviano. Rufo es niño, pero todo nos hace pensar que es uno más de los millones de niños bolivianos que no tienen qué ni cómo celebrar nada, ni siquiera su nacimiento, al igual que su madre Walberta, que lejos está de saber qué es un Día de la Madre o Día de la Mujer. Dirán que no es novedad, que hoy Bolivia está mejor que antes, que se está erradicando la pobreza… y cada uno seguirá por la vida como si nada pasara. Esta es la parte más terrible: evidenciar que se pierde de vista al ser humano y que están ganando el cinismo y la apatía, “las dolencias psicológicas de nuestro tiempo”, como las llama al psicoanalista Rollo May. Cinismo y apatía hay en toda la sociedad, pero resalta aun más en nuestros gobernantes, en esos que tienen a mano la administración del dinero público y de las políticas sociales, ambos fundamentales para garantizar vida digna a las Walberta y a los Rufo del país. Que no nos la charlen de que hacen lo posible y de que no hay dinero, porque es mentira. Hay dinero, pero lo malgastan; y hacer lo posible no basta, deben ser capaces de más. Lo digo pensando también en los “defensores de la vida”, en los antiaborto; en los defensores del libre mercado y en los socialistas. ¡Hay que luchar para que resucite el amor!

Hablo del amor al prójimo, de la capacidad de amar al otro como a sí mismo. Hablo de ir tras la ética del cuidado que tanto pregona Bernardo Toro. Pero en serio, no apenas para el discurso o para ganar elecciones y medallas. Esta es la verdadera resurrección: la del amor. Porque como reza una frase atribuida a Neruda (aunque hay duda de su autoría), “si nada nos salva de la muerte, que al menos el amor nos salve de la vida”. De esta vida 

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