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Entusiasmada mi comadre Macacha por todas las noticias que se originan en el palacio real de la plaza Murillo, me manifestó que los planes del presidente vitalicio son de largo alcance y gran significación social, pues en todas partes se cree que la felicidad tiene algo que ver con el laburo, algo que no es verdad, ya que la dicha es plena cuando tienes una ‘pega’ donde se labura poco y hay facilidades para meter la mano en la lata. Es bien sabido que las pegas más apetecidas son aquellas encabezadas por hombres sabios que hacen florecer el dinero con solo el prestigio de su nombre y su título universitario, aunque sea falso. 

Así comencé a percibir que muy poco podría esperar yo de los planes gubernamentales de empleo, pues confieso honradamente que me importa más el sueldo que podría ganar que mis satisfacciones patrióticas de contribuir a rebajar el índice de desocupación, que inquieta tanto a los propagandistas del actual régimen. Para que vean que soy sincero, hago pública mi solicitud de trabajo en cualquiera de las aduanas del país, no importándome si se hallan en zonas alejadas como Roboré, pues podría presentarme ante propios y extraños como experto en comercio exterior sin necesidad de conocer por el forro el llenado de una declaración aduanera. 

Está visto que Evo no ha pensado nunca cambiar de autoridades aduaneras, por lo que imagino que el crecimiento de esta actividad es de satisfacción gubernamental y del pueblo mismo. Así lo encaré a mi discípula periodística, que de forma inocente quiso encandilarme con los planes de empleo que ha sacado a luz el mandatario, haciéndonos ver que se trata de una medida social pensando en los ciudadanos, mientras nosotros sospechamos que solo nos está adelantando políticas que lo harán crecer para futuras temporadas. Con un poco de esfuerzo logré convencer a la cochabambina que más vale ser contrabandista o aduanero; es mucho más rentable que un miserable sueldo que mejorará las estadísticas oficiales, pero no hará más felices a quienes sabemos que no hay nada más triste que un afligido empleado, público o privado, cuya única obligación es inclinar la cerviz ante los afortunados jefes, que son los que cuentan los billetes. 

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