En los últimos años, a iniciativa de los gobiernos municipales, la ciudad de Santa Cruz está buscando incorporar conceptos como resiliencia urbana, urbanismo táctico, movilidad sostenible y recuperación del espacio público. Estos términos, ampliamente difundidos por organismos internacionales y respaldados por programas de financiamiento (Banco Mundial, Banco Interamericano de Desarrollo o ONU-Hábitat), representan avances importantes en la manera de pensar las ciudades del siglo XXI.
Sin embargo, más allá de las intenciones conceptuales que validan estas propuestas, cabe preguntarse si las mismas realmente responden a las prioridades y aspiraciones de los cruceños, o son, principalmente, la aplicación de modelos concebidos desde una visión de desarrollo, pero a nivel global.
Es evidente que todos deseamos una ciudad más verde y segura, más sostenible y mejor preparada frente al cambio climático; lo que realmente preocupa es que se busque implementar estas ideas como proyectos aislados o como resultantes asociados al financiamiento internacional, sin una verdadera integración a un modelo de planificación urbana local que necesariamente debe ser construido con participación ciudadana.
Hoy observamos cómo proyectos denominados como resiliencia urbana, parecieran responder, en muchos de los casos, más a una agenda internacional que a una lectura profunda de la realidad urbana de Santa Cruz. Se busca intervenir en sectores específicos: corredores verdes para el casco viejo, sin plan integral de movilidad urbana; ciclovías que se ubican en algún camellón central, sin el respaldo de una red distrital; intervenciones tácticas aisladas, que lejos de resolver, fomentan la plaga del comercio informal; nuevos espacios públicos como el Parque Lineal Metropolitano, sin tomar en cuenta la seguridad… mientras en la ciudad persisten problemas estructurales referidos a la expansión urbana, la ocupación del suelo, el deterioro ambiental o el sistema de transporte público, entre otros.
Santa Cruz no va a lograr la transformación urbana que necesita con urgencia mediante una sumatoria de proyectos independientes. Se requiere contar con una visión integral que sea capaz de articular el transporte, el patrimonio, el medio ambiente, la vivienda, la actividad económica y los espacios públicos, dentro de un mismo horizonte de desarrollo territorial.
Pero, además, existe un tema que también preocupa, y mucho: la escasa participación ciudadana real en la toma de decisiones. Cuando éstas se definen sin los necesarios y genuinos procesos de consulta y construcción colectiva, las intervenciones ya no son una expresión de la comunidad, sino el resultado de decisiones únicamente técnicas o administrativas. En este punto, pareciera que es más importante cumplir con indicadores y modelos internacionales, que responder a las necesidades de quienes habitan la ciudad.
Santa Cruz posee una identidad urbana singular. Su estructura radial, su clima, su relación con la vegetación tropical, la vida en los barrios, las centralidades, sus espacios abiertos y la dinámica socio-cultural que la caracteriza, no pueden comprenderse únicamente a la luz de manuales internacionales. En vez de buscar importar modelos o realizar consultorías internacionales que nos hagan parecer más modernos, necesitamos construir un urbanismo contextual que por supuesto, dialogue con las tendencias globales, pero que tenga la capacidad de traducirlas a las condiciones ambientales, culturales, económicas e históricas de la región. Ninguna consultoría externa puede reemplazar la inteligencia colectiva de una sociedad que conoce su territorio, sus necesidades, y que aspira a decidir el futuro de su ciudad.
Valdría la pena sincerarnos si lo que buscamos es construir la ciudad que necesitan los cruceños, o la ciudad que exigen los organismos internacionales para desembolsar sus créditos. La ciudad no pertenece al financiador ni al gobierno de turno; pertenece a quienes radican en ella y la viven -o sufren- diariamente.
Si Santa Cruz logra actualizar y seguir desarrollando un modelo urbano propio -tropical, policéntrico, ambientalmente responsable, profundamente participativo y arraigado en su identidad-, no solo resolverá mejor sus problemas, sino que podría convertirse en un referente para otras ciudades de clima y condiciones similares.
Otro aspecto a considerar y analizar en la construcción de la ciudad que queremos, es el que surge de la especulación inmobiliaria actual que, bajo la propuesta de densificar y hacer más eficiente la ciudad, está comprometiendo su identidad urbana y destruyendo su patrimonio medioambiental. Y lo que es peor, está creando una burbuja inmobiliaria que complica aún más el problema más grave: el déficit de la vivienda social, y eso es una bomba de tiempo en una ciudad que crece a pasos agigantados y sin control real.
(*) Marina Bonino es arquitecta e investigadora