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Según la Organización para la Transparencia Internacional, nuestro país se encuentra en el puesto 124 de 179 países en cuanto al ranking de corrupción con el agregado que la población cree que existe mucha corrupción en el sector público. ¿Pero qué institución pública se lleva la copa de la corrupción? Difícil saberlo no tenemos indicadores establecidos ni metodologías. Pero con seguridad que sería un final abierto con muchos candidatos por el título.

Para una minoría, la función pública es una función de “servicio” que hacen con “vocación”. Para un alto porcentaje es simplemente la oportunidad de jugar pin pon de bolsillo, tener cierto poder o estatus, o lo que es peor robar a campo abierto. Convengamos que el germen está en la misma sociedad que ha validado la creencia de que “el vivo vive del opa”

Las autonomías de nuestros niveles de gobierno deben plantearse de forma urgente y estratégica fortalecer las funciones de transparencia, rendición real de cuentas al ciudadano, modernización de servicios y sobre todo mejorar la calidad de sus servidores. Cuánta falta hace una escuela regional de servidores públicos y que las instituciones den espacio a los estudiantes y profesionales de la carrera de ciencias políticas y administración pública que se forman con bases teóricas y valores sobre lo que es la sagrada función pública. La autonomía debe servir para marcar esas diferencias y no para competir en niveles de corrupción.

Hoy que se habla de 800 y picos ítem fantasmas, se nota también la falta del llamado periodismo investigativo que trabaje procesos, que haga miradas y hallazgos profundos, lo haga en equipo. El periodista colombiano Omar Rincón, en el libro perdimos sobre este déficit señala: Paradójicamente cuando más se necesita de ese periodismo poco existe. No quieren contraponerse a sus anunciantes, sus fuentes o sus negocios o amigos. Entonces los medios se conforman con el escándalo, el sensacionalismo, la farándula. Ante este escenario, al periodismo le ha quedado como salida para informar sobre la corrupción convertirse en divulgador de datos. Y como vemos en distintos informes internacionales, nuestra región (América Latina) es el vecindario más desigual pero también la que mayor corrupción acumula en el mundo, es decir una ecuación lógica y paradójica.

Convengamos también que mientras no se haga una reforma profunda y responsable del sistema judicial que le permita forjar confianza y respeto de la población esta batalla estará siempre perdida. Un sistema penal vulnerable al poder político o económico como el que tenemos es caldo de cultivo para la impunidad que es la otra cara de la misma moneda de la corrupción y que como magistralmente Eduardo Galeano describía: La impunidad premia el delito, induce a la repetición y le hace propaganda, estimula al delincuente y contagia su ejemplo. Aquí el mensaje al Ministro de Justicia seria: deje de vender humo, no postergue más la agonía, sus declaraciones no ayudan.

Lo que como ciudadanos no debemos nunca perder es nuestra capacidad humana de indignarnos. Los corruptos de allá y los corruptos de por acá son la misma cosa y merecen repudio. Sobre todo, ante aquellos delitos de cuello o mano blanca que quitan el pan de la boca a la gente y nos dejan el sabor amargo. Tengo muy presente la indignación que provocaron por lo oprobioso e inhumano que fueron casos como el desvió de dinero de millones de dólares de la ayuda internacional para los damnificados del terremoto de Aiquile; los recursos del Fondo Indígena, la compra con sobre precios en plena pandemia de respiradores e insumos médicos y varios otros casos.

Hoy en Santa Cruz estamos pasmados por la existencia de fantasmas que se llevaron millones de millones con lo cual habrían hecho grandes fortunas y galas de poder no solo económico sino también político, hasta hacer desaparecer la fiscalización interna del gobierno municipal más importante del país. ¿Se confirma nuevamente la hipótesis de que el vivo vive del opa? Yo creo que llego la hora de la acción no del lamento, del repudio no de la concomitancia, hay que mover las ramas y que caigan los frutos podridos. Santa Cruz se merece líderes y funcionario idóneos y con solvencia ética, cualquiera sea su línea ideológica.

Daniel Valverde Aparicio es Politólogo, docente de la UAGRM


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