Opinión

¿Quién pagará los platos rotos?

Marcelo Ostria Trigo 18/8/2020 05:00

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Hay en nuestro país un problema que preocupa hondamente a toda persona sensata. Se ha creado un clima de violencia con bloqueos y atropellos callejeros. Con esto, se procura justificar que lo hacen para atender lo que supuestamente la mayoría ciudadana siente y quiere. Pero lo que consiguieron es un ambiente de miedo, frustración y, sobre todo, de desprotección, frente a quienes escogen el camino de la violencia para llegar al poder. Muchos afirman que se persigue reivindicaciones sociales, pero la verdad es que “La violencia crea más problemas sociales que los que resuelve y, por tanto, no conduce nunca a una paz permanente”. (Martin Luther King).

Estamos en plena pandemia, con un creciente número de contagiados y fallecidos. Esto concierne a todos: a pacíficos y violentos, a tolerantes y a sectarios, a sensatos y a los que atentan contra la racionalidad. Y, en medio de esta penosa situación, se va comprometiendo la posibilidad de cimentar un sistema que garantice los derechos humanos y las libertades democráticas, que tantas veces se vulneraron en los pasados catorce años de fraude, violencia, corrupción e ineptitud.

Han levantado la mayoría de los bloqueos, pero no se advierte ningún propósito de enmienda, ni de someterse a la ley y a las reglas de una disputa política pacífica y civilizada, lo que prueba que son pocas las posibilidades de convencer a los fanáticos de que su acción depredadora no favorece a la sociedad, sino que la hunde en el miedo, en la falta de libertades y en la declinación de la economía.

Es tanto el daño ocasionado por los bloqueadores, que ante presiones de instituciones como la UE, la ONU y la Iglesia Católica, entre otros, no tuvieron otra opción que aceptar el 18 de octubre próximo para las elecciones generales, aunque nadie puede predecir con certeza los riesgos que ello significa, pues no se sabe si es una fecha oportuna, ante una pandemia que no cede y que pudiera ocasionar más víctimas, especialmente en los sectores populares que los bloqueadores y violentos pretenden defender.

Por otra parte, los más radicales que aún persisten en los bloqueos, aumentan sus demandas irracionales, como la renuncia de la presidente y sus ministros, mientras continúa el daño a la sociedad. No hay duda de que estos empeñosos bloqueadores, no reparan –ni les importa– que el pueblo, al que dicen servir, sufra con sus desmanes.

A todo esto, se añade que los que violaron el derecho de circular por el territorio nacional, establecido por la Declaración de los Derechos Humanos (Art. 14.1), cuentan, como seguro, con que no tendrán que “pagar los platos rotos”, es decir por el enorme perjuicio ocasionado a la sociedad. Como siempre, apuestan a la impunidad.