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¿Quo vadis políticos bolivianos?

Alfonso Cortez 15/10/2021 05:00

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Han pasado 39 años desde el 10 de octubre de 1982, cuando Bolivia recuperó la democracia. Hernán Siles Zuazo, ganador de las elecciones, asumió la Presidencia e inauguró un nuevo periodo en la vida institucional del país. Sin embargo, después de casi cuatro décadas, estamos atravesando un momento de mucha turbulencia política y señales claras de un gobierno con tendencias totalitarias: acumulación de poder del partido de gobierno, etnocentrismo divisionista, inexistente independencia de los órganos del Estado, construcción de un marco jurídico controlador y conculcador de los derechos ciudadanos, amedrentamiento y persecución de los adversarios políticos, búsqueda de la hegemonía de un partido y pensamiento únicos, erosión de la institucionalidad y credibilidad de las frágiles estructuras administrativas del Estado, centralización de decisiones y recursos que violan autonomías regionales y sectoriales, entre otras acciones, todas autocráticas.

Frente a este panorama, poco alentador, no aparecen al frente nuevos liderazgos, y menos aún, estructuras político-partidarias que puedan canalizar el descontento y las aspiraciones de una sociedad que sufre una de sus peores crisis económicas, en medio de la crisis sanitaria que vive el planeta.

En las últimas dos décadas han terminado de colapsar las pocas tiendas políticas que sobrevivieron al periodo que se conoció como “gobiernos de coaliación”, que con el nuevo ordenamiento jurídico de organizaciones partidarias, terminaron por desaparecer e incluso perder su personería jurídica, sigla y militancia.

Las pocas, minoritarias y débiles organizaciones políticas subsisten atrincheradas en el ámbito parlamentario y en reparticiones de gobiernos departamentales y municipales. Con el agravante de que sus miembros no son parte de una estructura orgánica con una formación político-partidaria. La mayor parte de ellos son invitados por el caudillo nacional o regional, al ser líderes de algunos movimientos u organizaciones sociales, activistas sectoriales o figuras públicas que podrían atraer votos. No hay detrás de ellos un ideario partidario ni una agenda programática compartida. Por lo tanto, son apenas vehículos electorales, personalistas, locales, coyunturales, sin continuidad en el tiempo y menos arraigo en la sociedad que buscan representar.

Los sistemas democráticos necesitan de partidos políticos fuertes y contrapuestos para generar debates y discusiones que permitan la construcción de políticas públicas consensuadas, donde estén incluidos todos los actores de la sociedad civil. Es urgente la emergencia de organizaciones políticas que se conviertan en alternativas de poder con una base ideológica y programática diferente y opuesta al actual rumbo en el que estamos encaminados.

Esta debacle del sistema de partidos, sin agendas programáticas estructuradas, con poca representatividad a nivel nacional, sin cuadros ni militancia organizada y donde el discurso, recursos y carisma del candidato principal importan más que el ideario partidario, es insuficiente para hacer frente a la apuesta hegemónica y tiránica del actual partido gobernante.

Alfonso Cortez - Desde mi Barbecho / Comunicador Social

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