Opinión

Racismo, una pandemia a combatir

El Deber 10/8/2019 04:00

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Fiel reflejo de esta época marcada por la incertidumbre, el mundo enfrenta el peligroso ascenso del racismo como ideología política, que genera discriminación y violencia hacia sectores vulnerables de la sociedad, en base a la consideración irracional e imaginaria de la superioridad de unos grupos sobre otros.

Hoy esa pandemia tiene nombre y apellido: supremacismo blanco, aunque hay que recordar que el racismo no es atributo perverso de un único grupo étnico y ha estado presente en diversos momentos de la historia de la humanidad.

Los atentados terroristas contra comunidades musulmanas, Christchurch (Nueva Zelanda) en marzo de este año, o El Paso (Texas) y Dayton (Ohio) contra colectividades hispanas, tienen un denominador común.

La consideración de sectores extremistas minoritarios de que es posible (y necesario) discriminar, atacar y matar a quienes son cultural y socialmente diferentes a los ‘nativos’ de un determinado espacio territorial. Uno de sus ideó- logos, Renaud Camus, asegura que Europa está sufriendo la “gran sustitución” de europeos a manos de musulmanes, planteamiento que no tiene sustento científico.

El sociólogo francés Michel Wieviorka, quizás uno de los mayores expertos en la materia, explica que el racismo es un fenómeno que se ha acrecentado y profundizado con la modernidad.

Hemos trágicamente pasado del denominado ‘racismo científico’, que justificaba la consideración de unos ‘humanos superiores’ a otros en base a sus características orgánicas y fenotípicas (el régimen nazi en Alemania discriminó y exterminó a millones de judíos por considerar que la ‘raza aria’ era genéticamente superior al resto), a un ‘racismo social y cultural’, que asegura que ciertas civilizaciones son intrínsecamente superiores a otras por sus valores, costumbres y formas de organización, lo que justifica la exclusión de millones de personas consideradas ‘diferentes’.

En general, se trata de grupos minoritarios con gran influencia en vastos sectores que concentran un malestar con la situación de crisis que enfrenta una determinada sociedad.

Es cualitativamente más peligroso el fenómeno cuando es alimentado por líderes o grupos políticos o intelectuales que tienen capacidad para incidir en la organización de los Estados, caso Donald Trump, que tiene capacidad de establecer políticas discriminatorias o justificar las mismas a través de discursos de odio e intolerancia.

El racismo no es una ideología exclusiva de los blancos en la sociedad con raíces europeas. La intolerancia de grupos fundamentalistas musulmanes, que justifican atentados terroristas contra objetivos occidentales, de sectores nacionalistas, indigenistas y regionalistas en sus diversas expresiones, en casi todo el mundo, también se alimentan de la ideología que supone la superioridad de unos sobre otros.

En el fondo del racismo siempre está el miedo irracional a los ‘otros’ que, a través del prejuicio, se consideran tan diferentes a ‘nosotros’ que es posible excluirlos, atacarlos o eliminarlos.

En general, se discrimina a los pobres y a los que no comparten ‘superiores valores culturales’. Hoy los hispanos en EEUU sufren por la puesta en marcha de políticas discriminatorias justificadas en cálculos migratorios que no se sustentan con datos científicos, en un país que se desarrolló sobre la base del trabajo de migrantes.

No se discrimina a millones de turistas que dejan jugosas ganancias, sino a los pobres que reclaman una oportunidad para sus familias. Las migraciones masivas son parte de un problema global que incluye a países receptores y a países expulsores donde es regla la pobreza, el desempleo y la corrupción. Eso obliga a establecer acuerdos internacionales que incluyan a ambas partes.

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