Opinión

Radiografía al valor del policía boliviano

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13 de octubre de 2017, 4:00 AM
13 de octubre de 2017, 4:00 AM

Veintisiete son los mártires de la Policía Boliviana a lo largo de sus últimos cinco años de vida institucional, hombres y mujeres que en afrenta directa a la delincuencia callejera, en la lucha contra el narcotráfico o el crimen organizado y en auxilio de personas, perdieron la vida en cumplimiento del juramento de servicio, sin que se hayan arredrado de tan noble destino y sacrificio.

En ámbitos profesionales existen varias actividades que acercan a las personas al mayor de los sacrificios: la vida. Pero en el caso de los policías las posibilidades son notorias y exponencialmente más altas. Salir al servicio y servir al pueblo, aun a costa de la propia vida, es un precio muy alto que paga una persona cuando es servidor policial. Ese sacrificio, final y sin regreso, para los mismos uniformados y sus familias, para los que quedamos en este mundo, duele y duele mucho. 

Pero, cuál es sustrato cognitivo y emocional que mueve al policía boliviano a exponer e incluso ofrendar su integridad por la seguridad y tranquilidad de los otros en las ciudades, a explorar ciénagas y selvas insondables en el caso del policía que lucha contra el narcotráfico, a resistir estoicamente un frío glacial en el caso del policía que resguarda las fronteras y los caminos del altiplano. La respuesta está sobre todo en el religioso cariño y sentido de camaradería que este tiene por su institución y sus integrantes. Estos valores hacen que la Policía Boliviana sea una estructura social muy cohesionada y con altísimo nivel de solidaridad interpersonal, que trasuntan en ese sentido de responsabilidad que lo impele a proteger y servir, a tener el valor de defender lo que considera justo. 

Ese valor debió ser el mismo que tuvo la hija del Comisario de Policía de Antofagasta, Genoveva Ríos, que de forma ágil y sigilosa, heroicamente rescato la enseña patria del ultraje del invasor, aquel aciago febrero de 1879; el mismo valor también, el que demostraron los bravos policías de La Paz, Cochabamba y Oruro que formaron compañías de fusileros para avanzar a la Guerra del Chaco para defender la heredad nacional; seguramente el mismo valor de los
“Carabineros de Bolivia” que lucharon al lado de su pueblo en la Revolución del 52 para defenestrar a la rosca minero feudal y enrumbar al sueño de un país con justicia social e igualdad. Hoy, por supuesto el enemigo es otro, la delincuencia común y el crimen organizado, pero la base emocional de desprendimiento por el prójimo y la patria es la misma.

La sociedad, con sus actores formales e informales, debiera tener un poco más de sensibilidad y permeabilidad en reconocer y valorar al policía, un hombre o una mujer, con padres, hijos, sueños y aspiraciones igual que todos, pero que en su caso, tiene el plus (o precariedad) de estar dispuesto o dispuesta a defender con su vida la vida de los demás.

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