Opinión

Rayados

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9 de marzo de 2017, 4:00 AM
9 de marzo de 2017, 4:00 AM

Ronald Ramos es una víctima. Lo fue desde el momento en que una persona, que se dice su amigo, le filmó con su celular sin tomar en cuenta que el muchacho estaba embriagado. Su intimidad fue violada cuando ese momento de debilidad se publicó en una red social.

Lo que vino después fue parte del circo que los medios masivos han armado involuntariamente: Ronald arrancó carcajadas por doquier y, al hacerlo, se convirtió en un involuntario payaso. Los canales de televisión, e incluso los muy serios periódicos, hicieron eco de la fama que había alcanzado sin jamás proponérselo. Apareció en programas, le hicieron reportajes… Lo convirtieron en una celebridad sin tomar en cuenta que lo que sublimaban eran antivalores que se habían publicado abusivamente.

Y cuando el Concejo Municipal, el de El Alto, le entregó una distinción por la fama que había alcanzado, las mismas redes que lo exaltaron le arrancaron la corona de la cabeza, la estrellaron en el suelo y la pisotearon. Entonces Ronald comprendió que su fama no se debía a él, sino a un imprevisto, una filmación de consecuencias inesperadas y a la multiplicación de banalidades perfeccionada por las redes sociales. Y lloró. Víctima.

Ronald no mereció esos malos momentos, como no mereció los buenos, porque él es producto de una sociedad que ríe más fácilmente de las torpezas de un borracho o el mal manejo del idioma que de sus propios errores.

Es la misma sociedad que elige como asambleístas o concejales a personas que, cuando son candidatos, aseguran que son capaces de resolver todos nuestros problemas pero, ya en el cargo, piden que se contrate asesores para que hagan parte de su trabajo.

La torpeza del Concejo Municipal de El Alto es la misma que se ve en Potosí, donde los ediles se la pasan peleando, o en Sucre, ciudad que el año pasado fue afectada por la creciente escasez de agua pero, pese a ello, su Alcaldía autorizó jugar con el líquido en los carnavales. Usando bien el idioma, hay que admitir que se rayan; es decir, se trastornan, se vuelven locos.

En toda sociedad existen personas o grupos de personas que hacen más de lo debido y, por tanto, merecen reconocimiento. Que un Concejo Municipal los ignore, pero decida reconocer la escasa educación que se reflejó en una borrachera, no es culpa de sus concejales, por muy rayados que sean, sino de quienes los pusieron en esos cargos. 

Los partidos ponen los candidatos, pero los ciudadanos son quienes eligen. Entonces, aunque duela, hay que reconocer, nomás, que las sociedades tenemos las autoridades que nos merecemos 

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