Estoy participando virtualmente en un curso sobre una “receta” para los conflictos. Lo digo figurativamente: “receta” remite a la palabra inglesa RECIPE, y aquí además alude al acrónimo de una iniciativa del centro de pensamiento CEPR orientada a reducir conflictos y mejorar el desempeño económico. Me quedó una idea sencilla y poderosa: los conflictos no sólo se opinan; se estudian para ver las mejores salidas posibles.
Parece obvio. Pero en Bolivia, cuando estalla una crisis, casi siempre repetimos el mismo reflejo: unos buscan culpables, otros justifican lo injustificable y algunos piden diálogo. Mientras tanto, el conflicto crece, escala y termina ordenando la vida cotidiana de todos: el trabajo, los precios, el transporte, los alimentos y la salud.
Estudiar un conflicto sirve, primero, para no confundirlo con un problema. Un problema puede tener una solución técnica: falta un puente, se calcula su costo y se construye. Un conflicto es distinto. Involucra actores que desconfían entre sí, intereses contrapuestos, emociones acumuladas, poder, miedos y demandas que probablemente no fueron atendidas a tiempo.
Por eso, frente a un conflicto, no basta preguntar quién tiene razón. Hay que preguntar qué quiere cada parte, qué teme perder, quién puede bloquear las salidas, quién puede destrabarlas y qué salida permite que nadie quede públicamente humillado.
Sirve, además, para distinguir lo visible de lo importante. Un bloqueo, una marcha o una amenaza son como la fiebre. Indican que algo anda mal, pero no explican por sí mismos la enfermedad. Si sólo bajamos la fiebre y no buscamos la infección, el malestar volverá.
En el análisis de conflictos se suele usar la imagen del árbol: las ramas son los hechos visibles; el tronco, los asuntos en disputa; y las raíces, las causas más profundas. En Bolivia solemos cortar ramas y sorprendernos de que el árbol siga creciendo.
También permite ordenar a los actores. No todos tienen el mismo peso. Algunos deciden, otros influyen, otros vetan, otros padecen y algunos pueden tender puentes. Confundir visibilidad con poder es un error frecuente. El actor que más grita no siempre es el que más decide; y el que menos aparece puede ser clave para la salida.
Otro aprendizaje útil es separar posiciones, intereses y necesidades. Una posición es lo que se declara: “quiero esto ahora”. Un interés es lo que se busca proteger. Una necesidad es lo indispensable: seguridad, alimentos, medicamentos, empleo y dignidad. Muchos conflictos se traban porque se discuten posiciones irreconciliables, cuando la salida puede estar en intereses negociables y necesidades compartidas.
Aquí entra una noción fundamental: Acción Sin Daño. Una guía de la Cooperación Alemana y la Unión Europea sobre análisis y gestión constructiva de conflictos insiste en que toda intervención puede reducir tensiones o aumentarlas. Y se debe optar por las primeras.
Por eso conviene identificar divisores y conectores. Divisores son la desconfianza, los rumores, la humillación, la amenaza usada como mensaje político o la idea de que el otro es enemigo. Conectores son alimentación, salud, educación y el deseo básico de vivir con cierta normalidad. Una estrategia inteligente fortalece conectores y reduce divisores.
El diálogo, por tanto, no puede improvisarse. En Bolivia llamamos diálogo a cualquier reunión convocada cuando la crisis ya está instalada. Pero un diálogo serio requiere exploración, diseño, implementación y seguimiento. Hay que entender el tema, mapear actores, definir agenda, escoger facilitadores creíbles, fijar reglas, ordenar tiempos y verificar acuerdos. Sin eso, el diálogo es una fotografía, no un proceso.
En 2021 participé en el Programa nacional de reencuentro de Naciones Unidas, que apenas cumplió sus objetivos. Hoy me gustaría que se retome en serio esa iniciativa. Bolivia necesita retomar en serio una iniciativa de reconciliación, porque reconciliar no es olvidar el conflicto, sino aprender a procesarlo sin destruirnos como estos años.
(*) Pablo Mendieta es economista