Opinión

Recordando a mi brigadier

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16 de octubre de 2017, 6:35 AM
16 de octubre de 2017, 6:35 AM
De mi breve paso por el Colegio Militar de Irpavi recuerdo que en la época de estudios, los brigadieres del último curso estaban a cargo de nuestra supervisión y que pasaban revista por todas las aulas controlando que nadie se quedara dormido sobre sus textos, rendido de tanto trote y plantón.


Recuerdo especialmente al brigadier del arma de Caballería que cada noche me ordenaba pasar al frente para que le declamara algún  poema de su predilección, pero su favorito era Los Motivos del Lobo, de Rubén Darío, largo como una cuaresma, y que no era del agrado de mis camaradas, por cuanto los brigadieres, por causa del recital, interrumpían su ronda por las otras aulas para quedarse más tiempo entre nosotros.


Aparte de este inconveniente, que tampoco era de mi agrado, experimenté un bajón en mis estudios porque, en vez de meterme en la mollera la fórmula para resolver ecuaciones de segundo grado, tenía que aprenderme una nueva poesía romántica para complacer a mi brigadier que andaba prendado de alguna dama y esperando la salida del próximo domingo para reunirse con ella y dar rienda suelta a sus ansias contenidas.


Lo bueno de tales recitales nocturnos fue que mi brigadier, en premio a mi desempeño, se comprometió a no aplicarme ningún castigo por supuestas faltas y en más de una oportunidad intentó sin éxito sacarme de las 'chocolateadas' que, de manera recurrente, recibía la primera compañía de mostrencos a la cual pertenecía. Yo, por hacer honor al absurdo espíritu de cuerpo, escogía ser parte de la estampida general y del sálvese quien pueda... Otro en mi lugar le hubiera sacado provecho a la situación.


Dos años después, en un enfrentamiento con los guerrilleros del Che, mi brigadier recibió su primer (y el último) bautizo de fuego al caer fulminado por una ráfaga a orillas del río Ñancahuazú. Dicen que en su mochila le encontraron un libro de poemas y una carta de su novia, la inspiradora de tantos recitales, en la que le encargaba una cabellera de guerrillero para adornar su sala de visitas. Dudo mucho que el flamante subteniente hubiera satisfecho el encarguito de la novia que, por lo visto, no debió ser muy sentimental como era el novio que se conmovía escuchando el imaginario diálogo del hermano Francisco con el terrible lobo de Gubbio.
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