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Recordando al gran Sandy

Ronal Tineo 17/8/2020 03:00

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La última vez que lo vi fue en un desfile cívico del 24 de septiembre, estaba en su silla de ruedas eléctrica, ubicado estratégicamente en la acera del cine Palace Teatre, para observar mejor, y nadie le llevaba el apunte. Y eso que él había llegado del extranjero donde residía, nada más que para hacerse presente en Santa Cruz, su tierra natal, pero, repetimos :”Nadie le llevaba el apunte”, excepto yo, que me arrepiento de no haberme acercado a saludar al artista, no al amigo, porque lamentablemente nunca lo fue. Era evidente que su pueblo ya no lo reconocía no obstante que fue aquí donde comenzó su rutilante carrera artística. Miento, porque hubo un amigo de la infancia que le fue leal hasta el final, me refiero a Caíto Flores, el mismo que debe estar matándose de risa en el más allá escuchando sus cuentos atribuidos a los gallegos, los gangosos, a Jaimito el travieso y otros. El Club Social, La Pascana y La Tropicana fueron escenarios de lujo que se llenaban de público cada vez que se anunciaba su presentación, no obstante que los caciques del MNR habían implantado una cuarentena prohibiendo toda clase de espectáculos, no tan rígida como la impuesta por el gobierno actual para prorrogarse en el poder, pero este es un tomo aparte.

Por aquella época, el único que nos hacía reír era el camba Pechí con su programa La tremenda Corte que era una sátira a nuestro poder judicial (sin mayúscula, porque siempre ha dado de qué hablar), que pasaba radio Amboró justo al mediodía cuando la familia estaba congregada alrededor de una mesa y frente a su plato de comida, razón por la cual tenía audiencia asegurada, ¡cautiva!, como dicen ahora. La aparición del Gran Sandy, en vivo y directo, fue un suceso jamás visto, porque el humorista, además de contar chistes colorados a un público que solo los contaba en los velorios, sabía cantar y declamar con el vozarrón con el que la naturaleza lo había dotado. También tenía un número especial con su muñeco Canuto a quien hacía hablar, gracias a la ventriloquia, otra de sus habilidades, pero tuvo que sacarlo de escena con el dolor de su alma, porque Canuto “se volvió muy atrevido”, y quiso por su cuenta, agregarle más pimienta a los cuentos colorados que ya parecían libelos infamatorios.

Pero un día el Gran Sandy desapareció y nadie más supo de él, hasta que la televisión a colores lo presentó totalmente cambiado y un tanto envejecido y calvo con su cabeza como bola de billar. Ya no era aquél mancebo, bien plantado y con una cabellera renegrida, cual cuadraba a su origen sirio-libanés, pero criado y malcriado en la Santa Cruz de antaño, la “amable ciudad vieja”, que ahora se ha vuelto inamistosa e insolidaria por causa del desarrollismo que le llegó de golpe. Con él se había cumplido a cabalidad la sentencia bíblica que dice que nadie es profeta en su tierra, por eso se fue a buscar el cielo de la fama a otros lares y dio con ella nada menos que en Chile, que tiene el público más exigente del mundo. Cada triunfo que obtenía lo dedicaba a Bolivia y especialmente a Santa Cruz, a pesar que nadie lo proyectó como se merecía, pero tampoco hubieran podido hacerlo por falta de condiciones. Ahora es distinto, hay condiciones y oportunidades, pero lo que abunda en la caja boba es la mediocracia, salvo uno que otro artista de talento, pero estamos lejos de ver otro producto de exportación como el Gran Sandy.

Se sabe que fue el artista mimado por los organizadores del Festival Internacional de Viña del Mar y por el gran público que lo aplaudió ruidosamente en cada una de sus presentaciones que fueron cuatro, sino estamos mal informados, aunque las imágenes grabadas en los videos son prueba concluyente. Y lo siguieron invitando aun cuando se presentó, primero apoyado en un bastón, luego en un par de muletas que unos malandros le robaron en Buenos Aires, y finalmente en una silla de ruedas, con el mismo ánimo de siempre, dispuesto a hacer reír “al público lindo de Chile”, como él solía decir. Pero antes de subir al escenario de Viña del Mar el 2004, con el impedimento de referencia, tuvo que pasar la ceca y la meca vendiendo chucherías en las calles y los mercados, ganándose la vida honradamente, hasta que unos amigos chilenos, pero amigos de verdad, lo rescataron e hicieron gestiones para subirlo nuevamente a los escenarios a hacer lo que mejor sabia: hacer reír a su público, pero pidiéndoles “que no se agiten”, es decir, que no lo aplaudan tanto, pero era la despedida, porque luego el telón bajaría para siempre. El escritor García Márquez, que sabía jugar con las palabras, dijo en una oportunidad que “la diabetes es demasiado lenta para matar a los ricos”, pero demasiado veloz para matar a los pobres, agregamos nosotros, tal como quedó demostrado en el caso del Gran Sandy, que en un momento dado, llegó a convivir de consuno con la pobreza y la diabetes y a ambas les dio pelea sin perder nunca su buen humor.