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Recordando, volvemos a vivir

4/5/2020 03:00

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Por: José Fernando Suárez Sanguino

Infancia…dos piedras que formaban un arco. El portón de la casa que siempre quedaba descarriado producto de un pelotazo al ángulo.

El sudor que caía por la frente e iba a dar al polvo de la calle; al caer, este se levantaba como si sintiera el cansancio del productor o como si fuera una gota de lluvia que iniciara el final del partido.

Pelota…cuando esta se entraba a la casa de la vecina, producto de un centro mal ejecutado, de un remate que pasó por encima del portón, de la barda, del árbol de manga, y fue a parar a la otra cuadra. Con un pequeño juego inventado por no sé quién –fumanchu– el perdedor tenía la obligación de ir a recuperarla a como dé lugar,  la sentencia era: si no te la dan… no vuelvas.

Señora, me pasa la pelota por favor. ¡Cunumi e porra última vez que se las paso!…gritaba. Esta amenaza obligaba a mover los arcos, el portón quedaba totalmente obsoleto, era remplazado por cuatro ladrillos, dos en cada lado formando un arco invisible en la mayoría de sus partes.

Auto…Auto... estas dos palabras eran las más odiadas, reemplazaban a ese hincha que paralizaba el partido producto del mal rendimiento de su equipo. Las odié. Muchas veces me secó el grito de gol que salía de la garganta, justo yo, que era el menos hábil había tenido la oportunidad de marcar el primer gol de mi vida, hasta había soñado como lo festejaría y como entraría directo a contarle a mamá sobre la hazaña, pero no pude, el auto que venía a toda velocidad paralizó todo, hasta a mí, todos nos apartamos para que aquel bendito motorizado pasara y mi sueño se esfumara como se disemina el vapor de una caldera.

Peleas…de vez en cuando, por ejemplo, cuando el arco invisible para algunos lo era pero para otros era lo más visto posible,  la discusión transitaba entre que paso cerca del palo, que rozó el ladrillo, que fue gol, y los contrarios, o sea los vecinos de la otra calle, defendía que no fue gol, hasta llegar al punto que dos empujones con gritos de por medio, finalizaban el partido. Todos corríamos a nuestras casas, sudando, con tierra en todo el cuerpo y con la sensación de que al otro día (mañana), nadie se acordará de ese episodio y a la misma hora de siempre poco a poco empezaran a llegar los vecinos o mejor dicho los amigos de la infancia.

Un día de la cuarentena, la infancia volvió a mí, no sé si fui yo ahora el que escribió este artículo o fui yo cuando tenía diez años.

De algún modo hay que entretenerse y no hay mejor manera que la de recordar.