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Bolivia está en la recta final del proceso preelectoral. En siete días, los ciudadanos tendrán en sus manos el destino del país. Puede sonar a cliché pero, en este caso, es real y todos deben asumir que es así de contundente la responsabilidad de la decisión que se asuma. 

Las encuestas son fotografías del instante y, dados los resultados comunes en todas ellas, hay un alto porcentaje de indecisos que pueden inclinar la balanza y determinar cuál será el resultado final y la proyección del futuro de Bolivia, particularmente trascendental cuando se habla de los valores de la democracia y después de la constatación de la grave crisis económica que estamos enfrentando. Hay desempleo, alto déficit fiscal, proyecciones de crecimiento que son pesimistas, incremento de la pobreza y un rosario de problemas que son sentidos, día a día, en los hogares. 

Gran parte de ellos son producto de la pandemia, pero también de una situación que comenzó a notarse desde el año pasado. A lo anterior se suma la pandemia del coronavirus que no se ha ido, sino que está a punto de rebrotar en Bolivia, como en los países de Europa y en los vecinos. No somos una isla ni estamos blindados frente a los problemas que afectan al mundo. La decisión que se tome el domingo debería tomar en cuenta todos estos factores, porque más allá de las pasiones políticas de los discursos grandilocuentes o promesas de campaña, son parte de la realidad que vamos a vivir, nos guste o no. 

El momento de la elección es el único en el que el ciudadano tiene realmente poder. El resto del tiempo puede o no ser tomado en cuenta por los gobernantes, generalmente ellos actúan en base a su propia agenda y lejos del sentir ciudadano. Eso se ha visto y se ha comprobado desde siempre. Entonces, el voto debe ser asumido con plena responsabilidad, porque después no habrá a quién echarle la culpa, esa opción habrá escrito por cinco años cómo será el país: la economía, la democracia, las políticas sociales, etc. 

La gran cantidad de indecisos refleja que los candidatos no terminan de colmar las expectativas y es atizada por la absurda guerra sucia en la que están enfrascados, pretendiendo cosechar a costa de la desgracia de los otros. Es ahí cuando los políticos parecen estar convencidos de que los electores son monigotes incapaces de razonar y de actuar con conciencia y responsabilidad. 

De cada quien depende demostrar si esta hipótesis de los partidos se confirma o no. Hoy comienza una semana crucial. Estará libre de encuestas, pero seguramente no estará libre de guerra sucia ni de maniobras para cosechar en río revuelto. El aún elevado porcentaje de indecisos y la alta cifra de gente que no está segura de su voto hace pensar que el final estará abierto hasta el último momento y es por eso que se debe apelar a la responsabilidad. Los impulsos emocionales no deberían ser los gatilladores de la decisión más importante de los últimos tiempos. 

Cuando la ciudadanía asume su verdadera responsabilidad con la democracia se hace escuchar. Que no sea a través de movilizaciones callejeras, que pueden desbordarse y dejar momentos de dolor, sino frente a la papeleta, marcando con convicción y sabiendo que su determinación forjará el destino de Bolivia para los próximos años. 

Quedan siete días y en este tiempo también forma parte de esa responsabilidad no alentar ni multiplicar la guerra sucia a través de las redes sociales. El pueblo boliviano actúa con sabiduría, lo demuestra la historia, que la elección marque la consolidación de la democracia