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Si uno camina por la estepa granítica de los Andes, o por los valles alegres de Cochabamba, o por las selvas del oriente, se encontrará con un elemento humano todavía ignorante de los progresos de la modernidad y ajeno al bienestar que otorgan la tecnología farmacéutica y los avances de la comunicación digital. El indígena sigue siendo, para los bolivianos (y para los latinos en general), una cuestión pendiente y un ser irredento.

Él tiene la capacidad de entender la tierra, hacerla suya y explotarla de manera discriminada; sabe y puede extraer lo mejor de ella. No hablemos de sabiduría mística ni de teogonías, sino de un contacto humano-telúrico milenario, que le ha provisto de un entendimiento físico del medio que no cualquier persona —ni siquiera un técnico del agro— posee.

El campesino, injustamente, sigue en un estado de aletargamiento porque no se le ha educado; la renta no le ha sacado del estado de subdesarrollo, el polideportivo no ha fortalecido su cuerpo, la escuela rural no le ha provisto de conocimientos útiles; se mantiene en un estado pobre y hasta a veces infrahumano, en el que yace desde la fundación de la república.

¿Cómo comenzar la tarea de la redención del indígena, o cómo continuarla, si es que ha habido ya algún progreso? Lo que deben hacer los políticos del mañana es otorgar al indígena una educación que le permita hacer suyos los instrumentos que el occidente ha desarrollado, para que los utilice en su tierra a su manera, como él sabe, con tal de que así se establezca una unidad armónica entre lo que es el vínculo físico de la tierra con el cuerpo del campesino, por un lado, y la eficacia de las nuevas tecnologías de riego, siembra y cosecha, por otro lado. Esto también tiene relación con la economía verde y respetuosa del medioambiente.

Dejar a los campesinos en la campiña no es sinónimo de subdesarrollo, como algunos creen, cuando se enorgullecen de las cifras de movilidad campo-ciudad. Si hay algo que la teoría marxista nunca podrá explicar, es que ningún Estado, por muy desarrollado que sea, podrá eliminar al campesinado, por la sencilla razón de que los pueblos del mundo siempre necesitarán comer tomates y zanahorias, y éstos no pueden brotar del frío y metálico piso de una fábrica. Entonces, debemos hacer desarrollar la vida de los indígenas y campesinos en su mismo campo y en su mismo medio, siempre y cuando éstos deseen vivir allí.

Es más; hay algunos indígenas que, una vez concluida la universidad, ansían regresar a la tierra de sus padres y abuelos, para aplicar sus conocimientos ahí. Ergo, en términos educativos, lo que se tiene que hacer es formar al campesino con conocimientos universales que le permitan saber que lo que tiene en su parcela no es el fin del mundo, sino el comienzo del desarrollo hacia fuera.

Bolivia tiene una deuda con la redención del indígena. Los asuntos de la economía y el Derecho que hoy nos afligen, no deben hacernos olvidar que seguimos teniendo olvidada nuestra reserva humana más importante, tanto para el combate y el trabajo, cuanto para el pensamiento y la academia. El indio es nuestra energía y el espíritu de nuestro pueblo, y por tanto, el futuro de nuestra nación. Resistencia y persistencia, como decía Tamayo.

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