Opinión

Reencuentro con la lectura

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6 de julio de 2017, 4:00 AM
6 de julio de 2017, 4:00 AM

“No escribir de otra cosa más que de aquello que podría desesperar a los hombres que se apresuran”. (Nietszche, 1886, Prefacio a Aurora)

Así como teniendo buena o mala vista, hay que mirar desde alguna parte, con la miopía, el estrabismo o presbicia que el cuerpo nos regala. No solo nos condiciona la claridad del lente, sino el lugar, la circunstancia y la larga genealogía que estipula nuestras palabras. 

Como personas, no podemos rechazar nuestro afán lector, pero nos hemos acomodado y convencido de la existencia de una lectura neutral y objetiva con carácter universal próxima a la verdad, que todo lo ve, todo lo puede, todo lo mide; aquella a lo que todo debe ajustarse, si quiere ser considerado real.

La vorágine de la rutina del ser humano contemporáneo, los estereotipos de validez y marginación a los que pretendemos responder y de los que queremos huir, condicionan nuestra persecución de felicidad, quitándonos el derecho de pensar y de preguntar preguntas abiertas, de aquellas que cuando niños nos permitían jugar. 
Nos convencemos  que en la adultez, el trabajo nos hará libres y el reconocimiento inmerso en sus resultados, nos otorgará normalidad. Nos atrincheramos en la mirada de mayor comodidad, cubriendo flancos de diversidad que puedan atentar contra  la tranquilidad de la miopía en la que nos enclaustramos. 

Nos convertimos en lectores pasivos de la realidad, monigotes, masa informe que fluye como magma hacia donde la furia del volcán indique, enajenados, pero voraces, prestos a deglutir todo obstáculo en el camino.

Lejos están los tiempos de la contemplación o del ejercicio rumiante de interpretación en el que dejábamos que la realidad nos sorprenda, que el texto de lectura nos afecte en el ser mismo, que nos hable de esa fuerza que demanda contra sí misma el riesgo de transformarse. Esa época en la que éramos inmortales, en la que la seducción del peligro y la aventura nos conmovían en el ejercicio de la lectura. Una lectura que era personal, que era propia, que era de adentro hacia afuera y no de fuera hacia dentro.

Hace rato que olvidamos la importancia del refugio de la lectura personal, para uno, hacia uno y recién luego, inevitablemente para los demás. Necesitamos momentos para reencontrarnos en el espejo, hacer las preguntas abiertas, no solo ser cuidadosos con el texto o la realidad, sino abiertos a la transformación y movimiento que nos otorga la vida misma, en busca de sentido, de pertenencia, de ilusión y de construcción de verdades diversas, para esa realidad que nunca podremos devorar. 

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