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Reflexiones posmundial: El valor del asociacionismo

Martes, 21 de julio de 2026 a las 05:00

No hay ninguna clase de crecimiento, sin cooperación. La cultura que promueve el asociacionismo, el desempeño económico y social bajo una mirada colectiva y su amplia creación de vínculos parentales, institucionales, regionales y sociales –incluso antagonistas-, que promueven el fortalecimiento del culto al encuentro y a la alegría de reconocerse con el “extraño”, transforma profundamente a una sociedad.

Este último Mundial 2026 fue eso, precisamente. Ese descubrimiento de países que para muchos no se conocían, de culturas lejanas y que, de pronto, se “adoptaron” circunstancialmente, incluso poniéndose la camiseta de ese país foráneo. Esa es la clara muestra de esta capacidad que tenemos los humanos de admirar al otro, de aceptarlo, de apoyarlo y hasta de abrazarlo. Es lo que se conoce como humanidad.

El fútbol, por lo tanto, debe ser uno de los más grandes provocadores de identidad colectiva, para migrar de una narrativa cimentada en el heroísmo individualista a una donde predominan la cooperación, el aprendizaje permanente y la realización colectiva.

Este mundial fue el fin –quizás– de un periodo de grandes individualismos como Mbapeé, Ronaldo, Messi. Héroes gigantes que marcaron hitos en el fútbol y despertaron toda clase de pasiones y bandos vehementes en torno a esas figuras, donde no cabían fisuras de respaldo y apoyo. 

El fútbol es uno de los pocos espacios donde una sociedad todavía consigue proyectarse colectivamente y de manera armoniosa logra campeonar y se sienta en el cetro como la vencedora indiscutible frente a esos egoísmos y fogonazos de una persona que potencian a ese héroe solitario que desafía al mundo y a sus pares, y se aleja de esa comunidad que encuentra en la cooperación, en el talento colectivo, el éxito cooperativista.

Los mundiales crean esos relatos compartidos. Esas ilusiones participadas. El grito del remo de los noruegos que hipnotizó a todo el planeta y que todos gruñimos con entusiasmo; la fiesta interminable de los escoceses que enamoró a los ciudadanos de Boston y que trajo consigo una mirada diferente de la rutina de un bar norteamericano profundamente individualista y solitaria; soltar las lágrimas por un arquero de Cabo Verde, de origen humilde y de oficio electricista que convocado por WhatsApp fue a competir a un mundial, ganándose el apoyo de todos y, ahora, claro está, contratos millonarios. Un salto vertiginoso de la carencia a la fama y el dinero desmedido. 

En política, por ejemplo, esas figuras caudillistas y de marcadas identidades duras y asociadas al conflicto, ahora deben enfrentarse a la épica de resistir y reivindicarse frente a ese héroe único y solitario, bajo otras capacidades. La cooperación, la inteligencia colectiva, el aprendizaje en común, la mejora permanente. Una selección de fútbol representa mucho más que esos once jugadores en cancha. Representan una manera muy particular de imaginar un país y amplifica procesos que ya estaban ocurriendo en la cultura. Esa integración de usos y costumbres de otros lares.

Con las plataformas digitales, las identidades se construyen de una manera mucho más distribuida, más esparcida, más horizontal pero también mucho más imprevisible. Las identidades actuales no funcionan por exclusión, funcionan por integración. Esas miradas individualistas están siendo reemplazadas por esa riqueza de una cultura que articula tradiciones distintas y hasta diametralmente opuestas: japoneses coreando al más puro estilo de una barra brava argentina. Esto sucede porque la identidad no se empobrece cuando incorpora miradas diferentes, todo lo contrario, la complejiza y la hace más abierta, tolerante e inteligente.

Cómo se explica entonces, que en treinta días y un poco más, millones de desconocidos se hayan sentido parte de algo global, de ser lo mismo – diferente e igual al mismo tiempo -, sin que nadie lo instruya. Se llama –científicamente– murmuración y funciona sin que medie un jefe, un plan o un comité organizador. 

En otras palabras: durante el minuto que el equipo campeón levantó la copa mundial, millones de personas compartieron una misma emoción, lloraron, gritaron, se abrazaron y luego se sintieron vacíos cuando todo concluyó. La rutina volvió de golpe y las pasiones se aplacaron. 

Emile Durkheim, el fundador de la sociología moderna, en 1912 lo sostuvo claramente en su tratado “Las formas elementales de la vida religiosa”, bajo el nombre de efervescencia colectiva: una especie de energía que atraviesa a un grupo humano reunido en torno a un símbolo compartido, capaz de producir una sensación de trascendencia que ningún individuo podría alcanzar en soledad. 

Fuimos uno mientras duró el mundial. Ese es el gran poder del fútbol y la FIFA lo sabe muy bien. Pero este tema, amerita otra columna.

(*) Javier Medrano es comunicador social

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