Opinión

Repensando el mañana

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9 de abril de 2020, 3:00 AM
9 de abril de 2020, 3:00 AM


Norah Soruco de Salvatierra, ex presidenta de la Cámara de Diputados

Es difícil sustraerse de la situación de emergencia que nos toca vivir, pero haciendo un esfuerzo  intelectual podemos considerar la desgracia para sacar lecciones fundamentales de nuestra vida en comunidad, aunque  no sepamos quiénes y cuántos la sobreviviremos.

Esta pandemia, como en todo el mundo, nos encontró desprevenidos, dolorosamente ha desnudado falencias importantes y no sólo en el campo de la sanidad pública, sino en todos los espacios de la vida cotidiana y en todo el país. Es ocioso seguir buscando culpables, el pueblo ya lo sabe  y más temprano que tarde, rendirán cuentas ante la justicia terrenal o divina.

Decimos que habrá un antes y un después del Coronavirus en el mundo, que nada volverá a ser igual y así es, no debe ser igual. Así como la naturaleza logró darse  un respiro por la saturación de las barbaridades que contra ella  cometimos los humanos, nosotros también debemos detenernos para mirarnos, ver qué somos y qué estamos haciendo mal o dejando de hacer bien, que dejemos de  hacer las cosas mecánicamente o por inercia ‘como siempre se hacían’,  conocernos, re-conocernos y evaluarnos,  para rediseñarnos.  Para hacerlo, hay que pensar en grande y mirar lejos, lo que significa no sólo la administración del Estado, sino la estructura del país y su planificación desde cero.

Por ejemplo, somos poca población con gran extensión  territorial en relación a otros países, pero deshabitado y con grupos de habitantes dispersos; una población mayormente en situación de subsistencia, en muchos lugares con métodos arcaicos y precarios de producción primaria y una sobreconcentración en un eje central cuasi excluyente, perversamente estimulante en los hechos de la migración campo-ciudad y ciudad-ciudad de forma caótica, para engrosar los cinturones de pobreza de las capitales de departamento, provincias y municipios más activos.

Para encarar un proceso que transforme todo ello, incursionar en la modernidad y alcanzar al mundo en una nueva dinámica que desde ya será distinta, debemos repensar el país incluso desde su división política, creando regiones que fusionen más de un departamento pero sin perder la interconexión con lo nacional, para activar las potencialidades, aptitudes y vocaciones productivas en una agregación sinérgica, que posibilite su participación en todos los componentes de un desarrollo integral, optimizando la gestión y las inversiones socio-productivas  públicas y privadas como responsabilidad conjunta.

De esta forma, será mucho más fácil que en centros equidistantes de los componentes demo-económicos, se formulen y programen la provisión de infraestructura social y productiva, el desarrollo tecnológico y su transferencia, la vinculación a los centros de consumo internos y a los mercados externos, con la necesaria y moderna comunicación y conectividad. 

Nuestra división político-administrativa en departamentos, provincias, cantones y municipios ha quedado superada; mantenerla como está aún con descentralización y autonomías, más allá de su congelamiento y desviaciones operadas en los últimos lustros, termina siendo la ‘administración de la pobreza’ de los pocos recursos a los que tienen derecho, y así no podremos superar el atraso ni cubrir las necesidades básicas de los pueblos.

No pueden seguir existiendo poblaciones aisladas de todo, de las comunicaciones, de los servicios fundamentales, en suma, de la dinámica del país.  Necesitamos que cada una de ellas, conformando regiones, esté integrada a un eje de norte a sur de este a oeste, que debe corresponder a una estrategia de largo plazo y que por fin, dé sentido y norte del hacia dónde queremos ir y qué queremos ser, para definir el qué hacer.

Ya hemos comprobado sin dar ninguna solución integral, que en nuestras ciudades se replican la exclusión y marginalidad de manera creciente y hasta dramática, por lo que, asimismo, requieren organización y planificación innovadas.

En casos como el de nuestra ciudad-capital, es hora de entender y asumir de una buena vez, que irreversiblemente ha dejado de ser una pequeña ciudad para convertirse en una gran urbe en extensión y población, con barrios alejados formados por expulsión  económica y normatividad desfasada, marginados de la infraestructura y prestación de servicios, que los coloca en condiciones de precariedad, alta vulnerabilidad y mando,  como a golpes lo estamos comprobando hoy.

Así como los habitantes de los centros o los espacios privilegiados de las ciudades no deben ‘mirar para otro lado’ ignorando a los cinturones de pobreza marginados hasta que se constituyen en amenaza a sus intereses, los de éstos deben ‘saber y sentir’ que son parte del todo e iguales en derechos y obligaciones, con la diferenciación positiva que corresponda.  La gente desarrollará una conciencia de pertenencia y de obligación impositiva, sólo cuando compruebe que su aporte se le devuelve en infraestructura y servicios que atiendan sus problemas comunitarios concretos.

Para reconocerlos e integrarlos, hay que organizar la ciudad total en cuadrantes según se estudie su conformación  por densidad demográfica y ocupación territorial y sus ejes conectores, los que deberán tener obligatoriamente todos los servicios públicos y también los privados completos.

Pero lo más importante, es necesario encarar inmediatamente después de la Emergencia Sanitaria, así sea con base en las Subalcaldías actuales, la creación de las Alcaldías Zonales o Distritales, con elección de Alcaldes, que tengan autoridad para la planificación y gestión autónomas y la correspondiente asignación presupuestaria de recursos para disposición local.

La actual municipalización del territorio nacional fue en su momento una buena medida, pero ahora requiere avanzar un peldaño más para ser viable en la generación de un camino de soluciones a los problemas. Las decisiones sobre-concentradas en centros remotos de poder, ya sabemos de sobra que es perniciosa, pero además obsoleta e ineficiente.

Solo para dejarlo señalado, porque merece otra elaboración, la organización de los órganos ejecutivo y legislativo, requiere imperativamente una reingeniería  en su  tamaño, competencias y  funcionamiento, guardando  concordancia con la República Autonómica que somos, reducir lo nacional para vigorizar lo regional, departamental y local. Es hora de que las competencias nacionales guarden coherencia con su naturaleza y que estableciendo  efectivos nexos de coordinación conjuguen lo  nacional. Además en el campo legislativo, incorporar la tecnología de la conectividad en la perspectiva de igual reducción de periodo, frecuencia de funcionamiento y los  consiguientes gastos  corrientes.

En todas esas áreas Bolivia necesita órganos eficientes, eficaces, productivos y por supuesto de alta honestidad y consecuencia, resultantes de un eficaz y concomitante control y de la progresiva inserción de nuevos y mejores patrones de comportamiento en el imaginario colectivo de la Nación.

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