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Resiliencia y valentía

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Con estas nuevas ideologías que se están imponiendo en este mundo pandémico, plagados de radicalismos y tendencias agresivas que tergiversan por medio de la propaganda, qué equivocados están cuando hablan de empresarios y lo asocian a personajes, encerrados en sus oficinas, aprovechándose de sus obreros, enriqueciéndose mientras oprimen a sus trabajadores, insensibles, codiciosos, capitalistas despiadados e inescrupulosos. En un país como Bolivia, nada más alejado de la realidad. Acá ser empresario es un ejercicio de resiliencia y de valentía. Se trata de superarlo todo: desde la infinita burocracia, hasta la altísima carga impositiva, las extorsiones de actores armados, la inseguridad y la amenaza de orden público; ahora también deben sobreponerse a la pandemia y por si fuera poco a caprichos de sindicalistas que nos regalan sus marchas de protesta y bloqueos de carreteras o vías de ferrocarril.

Ser empresario y no morir en el intento es para valientes. Según un estudio de Global McKinsey son más las probabilidades de fracasar que las de sobrevivir: cerca de la mitad de las pequeñas y medianas empresas del país se quiebra después del primer año y solo 20% resiste al tercero. Un empresario es simplemente alguien como usted, como yo o como cualquiera, que un día creyó en que él era el responsable de hacer realidad su propio sueño - él y no el Estado benefactor-, una persona que lo invirtió y lo arriesgó todo para hacer realidad su proyecto. Y no es ni siquiera el propósito egoísta de beneficiarse solo: una empresa es todo un ecosistema de bienestar. De un solo empresario pueden depender directamente cinco familias como en el caso de una cafetería o panadería, o pueden depender 450.000 empleos de un sector como el oleaginoso.

Son los empresarios los grandes generadores de empleo, los que pagan impuestos, los que empujan los indicadores económicos, los que hacen que una familia pueda salir adelante, los que crean la marca país. Las empresas no son, como equivocadamente algunos señalan, un apellido. Las empresas son los miles de trabajadores que mueven la compañía y las miles de familias que dependen de ellas. mejor dicho, sin empresas no hay empleo formal; y sin empresas y con desempleados, no hay impuestos ni ingresos para un Estado. La ecuación, que empezó con la quiebra de compañías, termina con un país pobre, una economía arruinada y, sin lugar a vacilaciones, un sistema represivo.

Es paradójico porque hoy una de las principales preocupaciones de la población es el desempleo, pero el Estado, que es el que debe generar el ambiente para que los empresarios sigan invirtiendo y generando empleo, aplican restricciones como el que se ha puesto a las exportaciones bajo pretextos incoherentes. No se entiende porque han vuelto a aplicar medidas que lo único que hacen es ahuyentar las inversiones, generando un ambiente inestable de inseguridad y de desmotivación. 

Ya lo dijimos en anteriores artículos, el papel del Estado es muy importante para el crecimiento de la economía y por ende para la generación de empleo formal. La pandemia no solo ha servido para reordenar y levantar nuevos sectores de emprendedurismo, sino que también a dimensionar mejor el ambiente en el cual vamos a salir de la crisis, y la fórmula es sencilla, un Estado fuerte que administre prolijamente la justicia y un empresario que pueda trabajar en paz y con reglas de juego a largo plazo. No hacerlo nos condena a seguir siendo pobres e informales sin fecha de caducidad.



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