Cochabamba, junio 24 de 2026
Señora
Lupe Cajías
La Paz
Ref. Su artículo "El metafísico del fracaso versión Tik Tok"
De nuestra consideración:
Habiendo leído el artículo suyo que publicó el pasado viernes 19 El Deber, no nos vamos a referir a la situación actual y a los innúmeros dramas que se viven por el inhumano bloqueo que soportamos los bolivianos y la forma en que el gobierno está encarando esta emergencia.
Queremos, más bien, referirnos a los ligeros e injustos comentarios y afirmaciones que hace respecto al expresidente Daniel Salamanca Urey, acusándolo incluso de “frívolo”, cuyos desmentidos los encontrará en detalle si tiene la oportunidad de leer El Gobierno de Daniel Salamanca (1932-1934), de uno de los abajo firmantes, publicado en tres volúmenes por editorial Plural el año 2022 y con apoyo del Gobierno Autónomo Municipal de Cochabamba, respaldado en abundante bibliografía —más de cincuenta obras—, varias páginas de Internet, material hemerográfico de la época y los archivos de la cancillería boliviana y de la COMIBOL, las Gacetas Oficiales y los archivos personales de Salamanca, Arze Quiroga y Espada.
Como utiliza una frase suya para título de su artículo, es necesario comenzar diciendo que, si bien el “Chueco” Céspedes fue un brillante panfletista, no merece consideración seria como historiador; no solamente Salamanca fue víctima de sus calumniosas diatribas —también tenemos el caso muy conocido de Patiño—, por lo que no es referente al que referirse cuando se escribe de ese período de nuestra historia.
Ahora, entremos a detallar lo que usted afirma y lo que nos enseña el conocimiento de la historia de esos años:
Cuando Salamanca asume la presidencia —marzo de 1931—, el país no estaba convulsionado, como tampoco lo estaba el 15 de junio de 1932, fecha en que el mayor Moscoso llega a la Laguna Pitiantuta, la que luego bautiza como “Laguna Chuquisaca”. La guerra estalló por decisión del comando militar de esa época, al tomar una serie de disposiciones inconsultas y a espaldas del presidente. Pero, para entender ello es necesario retroceder un poco.
Es cierto que Salamanca hizo suya la frase de Jaime Mendoza “hay que pisar fuerte en el Chaco”. Luego de haber sufrido como ministro de Estado la pérdida del Acre y como senador la del Litoral y el territorio comprendido entre los ríos Madre de Dios y Purús, juró que no permitiría que se pierda un metro cuadrado más de la heredad patria. Empero, al asumir la presidencia vio que Bolivia estaba quebrada económicamente, no contaba con acceso fácil al territorio chaqueño y el ejército no tenía un plan de operaciones para hacer frente a su rival paraguayo; por ello es que optó por la mesura y, temiendo que el grupo de países neutrales que sesionaba en Washington desde el incidente de Fortín Vanguardia decida partir salomónicamente el Chaco, tomando como referencia las posiciones que en ese momento mantenían los ejércitos de ambos países, decidió llevar adelante un plan de penetración pacífica, abriendo nuevas sendas y levantando fortines “donde los paraguayos no hayan levantado los suyos”, o sea, evitando roces con el enemigo. Para ello, contó con el apoyo financiero de Simón Patiño y logístico del Lloyd Aéreo Boliviano, cuyos pilotos sobrevolaron la zona buscando fuentes de agua, recurso imprescindible para levantar un fortín.
En abril de 1932, a bordo de un avión militar, Jorge Jordán y Oscar Moscoso divisan un espejo de agua previamente descubierto por el gerente del LAB, Hermann Schrot, en septiembre del año anterior. La noticia es comunicada al presidente por el general Filiberto Osorio, comandante de Estado Mayor del ejército; pero, arteramente, se borra del informe de Moscoso la referencia a la existencia de un fortín paraguayo al borde de esa laguna, por lo que Salamanca, creyendo que los rivales no habían llegado a ella, autoriza su toma. Ésta se produce en junio y luego de un breve intercambio de fuego con la reducida guarnición guaraní, hecho que también se oculta al primer mandatario, haciéndole creer que la patrulla boliviana ocupaba el lado oeste de la laguna y que “se ha divisado una construcción en la otra orilla, que parece ser hecha por los paraguayos”; inmediatamente, Salamanca ordena el repliegue de Moscoso y sus hombres, orden que no es cumplida por el comandante interino de la IV división, el coronel Enrique Peñaranda que, más bien, le instruye levantar allí el “Fortín Mariscal Santa Cruz”.
Los militares, ansiosos de contar con el espejo de agua y confiados de que ese choque sería uno más de los que ya se habían producido en el territorio en disputa y que se salvaría por medios diplomáticos, además de tener en mente la seguridad —que venía desde un documento que dejó Hans Kundt, quien no había visitado esa región, que afirmaba que con tres mil hombres era suficiente para tomar todo el Chaco e, incluso, Asunción— de ser superiores a su rival del sudeste, avalan la orden de Peñaranda. Y la ciudadanía, al conocer de los enfrentamientos que se dieron en la laguna, cuando el ejército paraguayo intentó recuperar el espejo de agua, primero infructuosamente a fines de junio y, con éxito el 15 de julio, se enardeció y exigió revancha, obligando al gobierno a decretar la movilización general y, en represalia, tomar los fortines Toledo, Corral y Boquerón, llevándonos con ello a la infausta guerra.
Para ilustrar el ánimo de los militares es muy útil la anécdota vivida a principios de septiembre del 32 por el jefe de Sanidad Militar, el doctor Abelardo Ibáñez Benavente, al llegar al Fortín Muñoz, sede de la IV división, y expresarle al coronel Francisco Peña las dificultades que padecía para llevar material sanitario a esa región. “Mientras empuñaba el látigo, con el cual azotaba constantemente sus botas”, Peña le respondió: “¡Pero, doctorcito! ¿Para qué se ha preocupado tanto? Aquí no vamos a necesitar nada; ¡vamos a hacer correr a los paraguayos a punta de látigo!”.
Es cierto que la valentía de los soldados bolivianos merece el mayor reconocimiento de todos nosotros; combatieron en un territorio hostil y, a diferencia de los paraguayos, prácticamente desconocido para ellos. Tal vez hubiéramos tenido mejor suerte en esa contienda si Bolivia contaba con oficiales formados en estado mayor y, con honrosas excepciones, menos venales. A pesar de las derrotas —que causaron la caída de más de veinte mil hombres en el cautiverio enemigo— y los fracasos en las contraofensivas, Salamanca tuvo el mérito de levantar tres ejércitos con armas y bagajes, los que fueron trágicamente desperdiciados por la inepcia de sus comandantes quienes, además, se rebelaron en tres ocasiones contra el primer mandatario y al frente del enemigo. Y, en vez de sufrir corte marcial por esos actos, en los casos de Toro, Busch, Quintanilla y Peñaranda, se los premió con la primera magistratura de la Nación.
También usted acusa a Salamanca de pensar “que podía ganar la guerra moviendo fichas sobre el mapa en su escritorio. Provocó con sus especulaciones intelectuales el colapso del país”. La verdad es que Salamanca en ningún momento interfirió en las operaciones militares y, más bien, sus sugerencias fueron desechadas entre burlas por los sucesivos comandos militares. Para su descargo, Oscar Moscoso, de quien no se puede afirmar que simpatizaba con el personaje, reconoció en sus memorias que “Salamanca tenía buen criterio estratégico”.
En lo que sí coincidimos es en su crítica a la actitud argentina, la que, por intereses económicos principalmente, se inclinó decididamente por el Paraguay, ayudándole militar y diplomáticamente. El resultado de este apoyo, como podrá leer en el libro próximo a publicarse Las negociaciones de paz de posguerra del Chaco, también con Plural Editores, fue nuestra derrota en la mesa de negociación, instalada para desgracia nuestra en Buenos Aires y bajo la presidencia de nuestro mayor enemigo, el canciller argentino Carlos Saavedra Lamas.
Como puede apreciar por lo aclarado líneas arriba, que no es todo pero parece suficiente, los conceptos sobre Daniel Salamanca por usted vertidos, lamentablemente, no se ajustan a la verdad histórica, por lo que le sugerimos ser más cuidadosa en la utilización de adjetivos sobre personajes que, por lo visto, poco de ellos conoce.
Atentamente,
Hernán Salamanca Zenteno
Raúl Rivero Adriázola