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El mundo vive hoy la Pascua de Resurrección. Para los cristianos la fecha es altamente simbólica porque significa una renovación de la fe, tras una limpieza interior que ayudó a sacar los sentimientos de rencor, de odio, que permitió ver que la mayor enseñanza de Jesús fue la práctica del amor, que su legado fue demostrar con su vida que es posible amarnos los unos a los otros sin diferencias, sin prejuicios, con confianza y con la generosidad de quien da todo sin que hacerlo implique un intercambio de intereses.

Pero el mundo está integrado por millones de personas que no practican el cristianismo y otro tanto que no tiene religión o creencia. Sin embargo, todos reconocen que Jesucristo fue un revolucionario que, en su paso firme y coherente con sus principios, sigue despertando la conciencia de quienes se atreven a mirarlo. Jesús desafió los cánones establecidos, siendo judío fue capaz de incluir a personas que no eran de esa religión entre sus apóstoles y, cuando predicaba o ayudaba, jamás preguntaba antes cómo pensaba o de dónde era su interlocutor.

Esta remembranza es importante porque vale hacer un paralelo de Jesús, el que abrió camino, con los que se dicen revolucionarios de hoy en día. De aquel hombre que era seguido por miles de personas con los hoy populistas que pretenden ser los dueños de la verdad, los que no aceptan críticas, los que se atreven a juzgar y hasta condenar con anticipación a todo aquel que se atreva a cuestionar sus métodos o ideas.

Y es preciso que la reflexión sea honesta, porque la soberbia (contraria a la humildad demostrada por Jesús) está presente entre los de izquierda y los de derecha. Es fundamental que haya una toma de conciencia de que en Bolivia hay un verdadero diálogo de sordos, una falta de reconocimiento del otro al que se tacha con prejuicios y se lo anula de inicio. El Gobierno y la oposición están enfrentados y pensar en un acuerdo entre ambos puede parecer utópico en este momento.

Está claro también que quienes marcan el ritmo de esta confrontación son los que hoy ostentan el poder, al extremo de haber considerado en reiterados discursos que ganaron con el 55% y que las minorías deben adaptarse a esa cifra y a ese triunfo. Qué lejos está la grandeza de pensar que, pasadas las elecciones, es urgente gobernar para todos y, sobre todo, reconciliar a este país tan golpeado por la pugna política que ya data de hace más de 20 años.

En este día de resurrección de esperanza, gobernantes y gobernados pueden dar señales de ser como Jesús. Avanzar a paso firme y coherente, incluyendo a todos, reconociendo errores y buscando cómo enmendarlos con el aporte diverso y plural.

Las heridas son profundas y la confrontación solo permite que estas se abran mucho más y que se acumulen los rencores entre regiones, entre naciones y entre estamentos sociales. Es preciso un darse cuenta de que este país es diverso y validar esa diversidad. Sin ese reconocimiento las consecuencias del avance de los días se van a sentir no solo en lo político, también en lo económico y en lo social.

Mientras la clase poderosa pelea, los ciudadanos de a pie observan perplejos y cada vez más escépticos el rumbo nefasto del país. Por eso, que esta fecha simbólica sirva para generar un cambio de actitud, para construir en lugar de destruir. Esa será la verdadera obra que dejará huella en Bolivia.



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