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El retorno a la realidad cambiaria

Lunes, 29 de junio de 2026 a las 04:00

La economía boliviana amaneció hoy ante uno de los cambios más trascendentales de las últimas décadas. Después de quince años de mantener un tipo de cambio oficial fijo de Bs 6,96 por dólar, el país retorna a un régimen cambiario flexible y estrena una nueva cotización oficial de Bs 9,73.

Más allá de las cifras, el cambio representa el reconocimiento de una realidad que el mercado ya había impuesto desde hace tiempo. Durante los últimos años, el tipo de cambio oficial dejó de reflejar el verdadero valor de la divisa estadounidense en una economía afectada por la escasez de dólares y la caída de las reservas internacionales. El surgimiento y crecimiento del mercado paralelo, acompañado de incertidumbre y distorsiones, evidenciaba la necesidad de corregir un esquema que se había vuelto cada vez más difícil y costoso de sostener.

La experiencia internacional demuestra que mantener artificialmente un tipo de cambio fijo cuando no existen las condiciones económicas para respaldarlo suele conducir al agotamiento de reservas, a mayores desequilibrios y a ajustes más traumáticos en el futuro. Bolivia no fue la excepción. Durante años se utilizaron los recursos generados por la bonanza del gas para sostener un precio oficial del dólar que progresivamente se fue alejando de la realidad económica del país.

El tránsito hacia un régimen flexible tiene varios aspectos positivos. Reduce la discrecionalidad política sobre el mercado cambiario, permite un uso más racional de las reservas internacionales y contribuye a recuperar credibilidad y previsibilidad ante organismos internacionales, inversionistas, productores y exportadores.

También es cierto que la transición no comenzó de manera abrupta. La implementación del tipo de cambio referencial en los últimos meses permitió una adaptación gradual del mercado y contribuyó a moderar la incertidumbre y las expectativas especulativas que acompañan a cualquier modificación de esta magnitud.

Sin embargo, el nuevo esquema deja abiertas varias interrogantes. La primera es si el Banco Central recuperará efectivamente la independencia necesaria para conducir la política monetaria con criterios estrictamente técnicos. La segunda es si la denominada flexibilidad será realmente tal, considerando que el sistema establece límites para la comercialización de divisas por parte de las entidades financieras y mantiene un importante grado de intervención estatal.

También corresponde señalar que ningún régimen cambiario puede sustituir las reformas estructurales que la economía requiere. El nuevo esquema no traerá dólares por sí mismo ni resolverá automáticamente los problemas de financiamiento externo. Para ello será indispensable recuperar la confianza, promover las exportaciones, atraer inversión extranjera y generar condiciones favorables para la producción y la actividad privada.

La otra condición indispensable será la disciplina fiscal. Si el Estado continúa gastando por encima de sus posibilidades y financiando sus déficits mediante expansión monetaria o endeudamiento creciente, las presiones inflacionarias terminarán erosionando cualquier beneficio derivado del nuevo régimen cambiario.

Bolivia deja atrás una etapa caracterizada por la negación de una realidad económica que ya se había impuesto en las calles y en los mercados. El desafío ahora consiste en construir credibilidad, fortalecer las instituciones y generar las condiciones para el crecimiento que el país necesita con urgencia. El régimen cambiario flexible puede convertirse en una herramienta útil para ese objetivo, pero solo si forma parte de una estrategia económica integral, coherente y responsable.

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