El Deber logo
4 de febrero de 2018, 4:00 AM
4 de febrero de 2018, 4:00 AM

Para los Inuit (esquimales) en su cosmovisión, el creador de todo es  el  cuervo. Los guarasug’we o ‘Pausernas’ creían en la existencia de un gran árbol que descansa sobre un inmenso disco (la Tierra) y del que penden y se sostienen todas las estrellas que se ven en el cielo. En el concepto de los chinos 2.000 años a.C., la Luna era devorada paulatinamente por un inmenso dragón, que en culturas amazónicas es sustituido por el jaguar azul. Los incas, veían en  las cuevas donde habitan murciélagos, entradas al más allá. Los ayoreos celebran el canto del guajojó como el inicio de la primavera y los chiquitanos veían en el arcoíris el camino de los jichis que al transitar en sentido contrario se enfrentaban y producían los truenos y relámpagos.

¿Cómo acercarnos de algún modo a entender algo del portentoso imaginario natural de nuestras culturas humanas? Desde el bullicio citadino y el iphone, parece una tarea un tanto difícil y lo más probable es que necesitemos un retiro o viaje personal como el que hizo Zaratustra (de Nietzsche) pero en versión no literaria. Un ejemplo cercano puede ser el viaje que emprenden los ipayes, que son los curanderos, chamanes o yatiris de la cultura guaraní. Todo guaraní-izoceño que aspire a ser ipaye debe emprender un retiro solitario por un buen tiempo a alguno de los cerros icónicos que emergen en la llanura chaqueña. En esa experiencia el aspirante a ipaye recibirá no solo más conocimiento, sino, sabiduría para administrar ese conocimiento; sufrirá con el candente sol, el frío y los embates de la naturaleza, pero es la única manera de comprender y cambiar. En esta perspectiva el retiro o viaje personal no es precisamente aislarnos, sino vivir una experiencia que nos aleja pero para ser parte de algo nuevo, algo que no conocíamos ni entendíamos y nuestros pueblos sabían del poder de este viaje.

Toda persona debe darse la chance de hacer un periplo individual y exento de selfies, poses, complejos, miedos y ruidos urbanos. Simplemente alejarse de todo ese murmullo y tratar de escuchar, escuchar… Podemos estar en un parque natural y en medio del monte sentiremos que nuestros sentidos se agudizan, el corazón puede latir más rápido, la naturaleza se hace más evidente y cosas que nos eran pequeñas e insignificantes cobran mucho valor. Al final, perspectivas que no imaginábamos emergen espontáneamente para enseñarnos algo nuevo. Todo esto puede ser una manera también de acercarnos a nuestros ancestros y entender como veían el cielo y la noche; y porqué asignaban tantos atributos a los seres y elementos naturales.

Viajando por Alaska y el río Yukón entendí un poco más de la importancia del cuervo en la cosmovisión de los inuit; varias noches a solas en bosques y pampas el parque Noel Kempff me acercaron al mundo de los guarasug’we; visitar cañones profundos del parque El Palmar (Chuquisaca) y pernoctar en cuevas con murciélagos pude entender un tanto del porque estos ambientes tenían implicaciones místicas para pueblos andinos. En lugares inhóspitos del parque Kaa Iya del Gran Chaco aprendí más sobre los ipayes y los ayoreos, mientras que el gran Bosque Seco Chiquitano inevitablemente te acerca al mundo mítico de los jichis y los chiquitanos. El caso es que siempre vuelves con un pedazo de algo en ese retiro, ese viaje… incluso algo puede comenzar a cambiar y crecer aunque sea un poco.

Zaratustra al volver de su retiro a la montaña ya no era el mismo, su visión de la vida cambió producto de una revolución individual que él gestó. Busquemos esa nuestra montaña que no debe estar en el fin del mundo necesariamente y que no nos hará precisamente ipayes, pero quizás nos haga más sabios y más humildes.

Tags