Opinión

Rigor Mortis, de Álex Ayala

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6 de marzo de 2017, 4:00 AM
6 de marzo de 2017, 4:00 AM

Tengo un amigo que se llama Álex Ayala, que es periodista y escritor, un caminante insaciable y también es boliviano, aunque en su acta de nacimiento seguramente dirá que es español. Álex es de esos amigos que uno no recuerda cuándo ni dónde lo conoció, porque cuando uno conversa con él, o lo lee, da la sensación de que es un amigo de infancia, de esos que ya no hay, porque casi todos se han ido desperdigando por las rutas serpenteadas o por los cementerios de la vida. 

Álex acaba de publicar su último libro del que Ander Izaguirre, otro amigo escritor de buena pluma, ha dicho que es su viaje más extremo: seguir y recorrer los escenarios de la muerte, el terror, los ritos y las estrategias de los humanos para aceptarla. Rigor Mortis, la normalidad es la muerte, ha llegado a mis manos y lo he abierto como cuando un libro nuevo llega a uno y lo abre para sentir el olor a letras con tinta y para hincarle el diente a los primeros párrafos. Y esta ha sido la primera vez que me dejo llevar por las manos de la muerte, por sus caminos estrechos y a veces asfixiantes, por sus laberintos de sombras y de personajes que han hecho de la huesuda una compañera a la que han esperado sin mayores aspavientos.

Y no he soltado el libro hasta el final, porque mientras lo leía descubría que esta obra, ganadora de la beca Michael Jacobs para periodistas de viajes, es altamente adictiva. Lo es porque Álex consigue escribir una obra de no ficción que demuestra que el periodismo no es un género menor de la literatura y que es literatura de verdad y de la buena: porque Álex escribe con lucidez y sus textos tienen una fuerte dosis de investigación y de poesía, porque ha tenido el talento de encontrar a personajes anónimos con historias de otro mundo; por ejemplo, Raúl Mercado plantó un árbol para convertirlo en madera para su ataúd con el que vivió durante décadas porque quería evitar preocupaciones a sus familiares el día de su fallecimiento. Llegó hasta un pueblo donde aún se utiliza la torre de la iglesia, porque ahí los muertos se anuncian a campanazos. Rigor Mortis es un libro en el que al narrar a la muerte también se topa con la vida 

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