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El enorme toro negro con ojos de fuego llegó bramando bajo la lluvia en esa inolvidable madrugada de invierno y tras romper con los cuernos de diamante la tranca de madera del corral frente a la iglesia, se llevó a las vacas que eran de la virgen hasta un lugar impreciso en donde nunca más se supo de ellas.

Los pescadores del lago Juan Chulo decían que las oían a veces en las silbantes noches de sures y la gente del pueblo aún recordaba el evento tejiendo explicaciones bizarras; como que Santa Rosa había mandado por sus vacas porque acá estaban llegando protestantes de quinta que predicaban bajo chozas de palma e iban convenciendo a esta gente de poca fe, tan dada a la caña y a la cumbia. Mientras, yo me encerraba en los libros soviéticos de mi padre y en otros de historias un tanto más honestas en donde descubrí con el asombro de quien descubre el fuego un párrafo de Hijo de hombre, la gran novela de Augusto Roa Bastos. Noches después oí por primera vez esa su voz como pidiendo permiso en la radio de onda corta. Le habían dado el Premio Cervantes de Literatura y era catedrático en Toulouse, además de ciudadano francés, porque el dictador Stroessner le había quitado la nacionalidad. No pude evitar la comparación absurda. Él allá, en el centro del siglo de las luces. Yo acá, enterándome de cómo Hauser acababa de matar a Vicente con un tiro de escopeta en la cara en medio de una fiesta, porque éste lo había ofendido frente a unas chicas. Fue una comparación estúpida, pero fue.

Tiempo después viajé a Asunción para hacer un reportaje sobre la Guerra del Chaco. En el diario ABC Color me dieron el número del buen Roa con la advertencia de que el tipo no atendía a nadie. No me importó. Marqué, contestó una enfermera nefasta que dijo que “el señor estaba enfermo y que no joda”. Colgó. Esperé hasta cierta hora en que intuí que los hijos de puta no contestan el teléfono y llamé. Atendió él, tragué saliva, me presenté, dijo que no, entonces le disparé una mentira blanca de la que no me arrepentiré nunca: Vine de Bolivia solo para hablar dos minutos con usted. Dos. Suspiró. Venga mañana. Al otro día estaba de pie en la puerta sin animarme a tocar el timbre. Toqué, abrió la torturadora, le dije quién era, entré y me senté en la sala donde solía habitar un genio. Ahí caí en cuenta que no sabía qué iba a preguntar. Entonces oí el arrastrar de sus pesados pies de tótem sagrado que venían a mí, lo vi aparecer, era un gran ídolo hecho de la madera del árbol de la vida, de pelo blanco, nariz de papa y vientre abultado con la camisa a medio cerrar. Pensé en la comparación que había hecho algunos años atrás y en un lapsus de miseria me sentí vengado. Con el fastidio de sus 85 años en los que había sido camillero en la Guerra del Chaco, corresponsal en la II Guerra Mundial y exiliado profesional, me estrechó su blanda mano helada y se sentó a esperar el tiroteo de este aprendiz de reportero. Yo estaba entregado al desastre de no saber cómo romper el hielo, pero el instinto y la casualidad vinieron en mi auxilio. El día antes había sido el clásico Olimpia-Cerro Porteño. Le pregunté por el partido y entonces metió aire con la boca abierta y abrió los ojos a todo dar. Sí, de joven había jugado en Cerro, pero entonces no usaban zapatos. Me contó sus viajes, cómo ayudó a Borges a cruzar la 9 de Julio en Buenos Aires y cómo del otro lado el buen Georgie le preguntó a quién debía agradecer semejante gesto, a lo que Roa le dijo con sorna: A un pobre peronista paraguayo. Borges se alejó en silencio volteando de rato en rato como esos niños que acaban de asustarse mucho.

La entrevista debía ser de dos minutos, pero duró dos horas, y hubiera durado más de no ser por un ataque de tos que lo atacó a traición y nos estragó la magia.

Me despedí sintiendo que lo había querido de antes, desde la noche en Santa Rosa en que leí aquel párrafo, de modo que cuando dos años después supe de su muerte lloré como un chico. Tomás Eloy Martínez en su libro Lugar común la Muerte describió cómo fueron los últimos días de Roa en esa misma casa donde me atendió. Cómo parado en su balcón pedía a gritos con los harapos de su voz que lo ayuden por favor, porque la enfermera lo maltrataba, pero fue ignorado por el vecindario, por la historia, por la vida.

Las veces en las que recuerdo a aquel toro sobrenatural con ojos de fuego no puedo evitar compararlo con Roa, que vino solitario y rotundo, estuvo un rato y se fue; pero no se llevó sus historias al potrero insondable del olvido, las dejó, porque siempre supo que eran nuestras.

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