¿Les suena? Imagínense cuánto me suena a mí, que vivo en Cochabamba. “Roba, pero hace” no es solo cinismo: es una transacción moral que nos involucra a todos. Así de claro: “acepto la corrupción si recibo algo a cambio”. Desde una obra pública que me beneficie (hospital, plaza, asfalto), hasta inclusión social, reconocimiento (se alivia el ninguneo) o, finalmente, “democratización” de la corrupción.
Hace unos días escuché al director general de Asuntos Jurídicos de la Vicepresidencia, Martín Fabri, referirse a los decretos supremos emitidos durante el gobierno de Evo Morales que permitieron a distintos ministerios contrataciones directas –sin ser casos de emergencia–, casi como un pasanaku. Un “modus operandi” entre ministerios que se favorecieron con este Decreto, dijo el abogado Fabri.
El resultado: obras innecesarias, inconclusas, mal hechas. Simplemente despilfarro verdaderamente “monumental”: nunca mejor dicho. El aeropuerto de Alcantarí cuyo techo se cayó a la semana de haberse inaugurado, con 72 millones de dólares de inversión; el aeropuerto de San ignacio de Velasco, sin uso, con 30 millones de dólares; el nuevo hospital gastroenterológico de La Paz , con 100 millones de dólares, y que hasta hoy no funciona; lo mismo que el centro oncológico paceño para el que destinaron 640 millones de dólares, y ahí está, como cáscara abandonada. Y esta perlita: 4 millones de dólares para conferencias de los movimientos sociales. Dinero con el que pudo haberse construido al menos tres hospitales de segundo nivel.
Todo aquello es absolutamente inadmisible y sin embargo, aquí estamos. El candidato de ese gobierno millonario recibió más del 40% de apoyo popular en las recientes elecciones y será el nuevo Gobernador de Cochabamba. Lo mismo sucedió con el alcalde reelecto de esa ciudad con el 46% de la votación.
¿Hemos naturalizado la corrupción? Sí. Y al parecer la legitimidad de aquellos que roban pero hacen –así sean obras inútiles, ordinarias o necesarias y simpáticas– no viene del lado de la ética sino de la eficacia percibida. “Si me beneficia, no es taaan malo”. La corrupción se relativiza, los logros se pujan. Más aún, la gestión no se evalúa en términos absolutos sino comparativos: “todos roban, pero por lo menos éste hace”.
Nuestra condición plurimulti hace aun más complejo el asunto, porque dicen los que saben que sucede, además, un fenómeno de identidad y pertenencia en el que el apoyo al líder/candidato no es solo racional, sino que –llamémosle por su nombre– hay reconocimiento de clase; éste representa un origen social y una identidad cultural: “es de los nuestros”. Y en un país tan profundamente fragmentado socialmente, la censura se percibe como traición. La transacción es entonces moral y según la identidad y pertenencia social.
Vista así la cosa, la corrupción que encarna el “roba pero hace” bien podría ser un contrato político, una manera de redistribución de los recursos. ¿Qué tal?
El problema es que ese pacto, eficaz en el corto plazo, es frágil a la larga. Porque normaliza la excepción hasta volverla regla. Porque instala la idea de que la ética es negociable si hay resultados. Porque erosiona lentamente la sociedad y las instituciones, por tanto, el propio Estado. Así, “roba, pero hace” dice más de la relación entre la ciudadanía y el poder que de los propios políticos. Habla de expectativas bajas, de urgencias altas, de necesidades siempre insatisfechas que vuelven aceptable lo que en otro contexto sería intolerable.
Qué tal si dejamos de lado esa vergonzosa transacción y comenzamos a exigir las dos cosas: que no roben y que hagan.
(*) Cecilia Lanza Lobo es periodista