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Las cifras son alarmantes y nos vuelven a golpear hasta la sordera. Sin embargo, pareciera que no somos conscientes del compás de los acontecimientos. La forma en que está aumentando la circulación del virus en esta capital es muy fuerte. Más de 5.000 casos de Covid-19 en los primeros días del año, superando al pico de junio y julio del año pasado. “Santa Cruz se halla en un momento de la segunda ola de contagios por Covid-19 en el que la cuarentena es imprescindible y prioritaria”, dice el Colegio Médico de Santa Cruz. Nada más contundente.

Tenemos los ejemplos de otros países, situación que nos debe alertar y así no cometer los mismos errores. Sin embargo, lo hacemos. ¿Qué hay entonces en ese mecanismo interno que nos impulsa a ‘pelarle’ adrede? ¿Una desmedida pulsión de muerte? ¿Una compulsión suicida? ¿Somos conscientes que perjudicamos a los nuestros, los de la misma sangre que corre por nuestras venas? ¿Qué clase de humanidad practicamos?

Se percibe negligencia, una inquietante dejadez para reflexionar y una falta de cuidados manifiesta difícil de comprender.

Da la impresión que no hubiera conciencia de lo que está sucediendo. Una suerte de falta de empatías con una situación adversa que nos afecta a todos.

Esta nueva mirada del acontecer cotidiano requiere de la suspensión de rutinas y de planes. El cambio de actitud ante una nueva realidad no es un discurso sino un hecho. Cuidándonos, aprendemos a cuidar al otro.

Pero se evidencia que muchos no están dispuestos a asumirlo porque no entendieron la grave situación que nos podría llevar a un desastre epidemiológico. La situación nos empuja sin miramientos a tomar acciones individuales que cambien el entorno y la perspectiva de vida.

Nadie se salva solo, se trata de un cuidado colectivo, social, comunitario. O es entre todos o nada.

Tampoco hay una conciencia en la gravedad mundial del tema. El Reino Unido se está quedando sin camas en sus centros médicos, y ya padece la falta de personal especializado para atender a los enfermos; en Alemania continúan restringiendo horarios y actividades para evitar los contagios y en Francia lo mismo. En Estados Unidos fallecieron el jueves pasado más de 4.000 personas de Covid-19 y en Los Angeles, California, la segunda ciudad más poblada de ese país, escasea el oxígeno medicinal, solo hay para emergencias extremas. En Brasil mueren más de 1.000 personas casi todos los días y así podríamos seguir enumerando otras situaciones dramáticas.

Entonces, si el espejo nos devuelve una imagen terrorífica de lo que sucede en otros países es hora de despojarse de las viejas mañas y cambiar de actitud. ¿Cuándo escucharemos a nuestro personal médico, a nuestras autoridades sanitarias, que todos los días repiten sobre la necesidad del cuidado individual, de evitar salir, de tomar distancia, del uso obligatorio del barbijo, del aseo de manos, etc. etc.? Urge tomar conciencia y ser más justos con quienes sacrificaron su vida y la siguen sacrificando para curar al contagiado.

¿Deberán seguir muriendo al lado nuestro para cambiar de actitud o la insensibilidad nos impide cuidarnos y cuidar al otro?

El distanciamiento social es el peor enemigo del virus. Tomando distancia física no hay contagio. Así de simple y claro. No es difícil entenderlo. Sin embargo, nos empecinamos en hacer lo contrario, una y otra vez. El presente es alarmante y de seguir así, lo que se viene será peor.



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