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15 de octubre de 2017, 4:00 AM
15 de octubre de 2017, 4:00 AM

Hace dos semanas, en un foro de expertos en EL DEBER,  y en la firma de un convenio para investigación entre el Sedes y las universidades de Santa Cruz, se coincidió en que hay un “divorcio entre lo que hacen las autoridades y lo que necesita y pide la gente”,  por un lado, y por otro, que en el campo de la salud el sistema es desarticulado, fragmentado e ineficiente, por decir lo menos.

Coincidentemente, se cumplen 40 años del lanzamiento de la Atención Primaria de Salud (APS) en Alma Ata, como la mejor estrategia demostrada en el mundo para resolver los problemas en más del 80% de la población, dejando los restantes de emergencia y alta especialidad clínico-quirúrgica para los hospitales de segundo y tercer nivel.

De hecho, el modelo “hospitalocéntrico” ha fracasado en Bolivia, pero el Gobierno insiste en inyectarle grandes recursos, con más de $us 1.600 millones, en hospitales mal llamados de ‘cuarto y quinto nivel’ y de una sola especialidad (DS.3293). Como muestra tenemos los elefantes blancos municipales sin dotación de recursos humanos, insumos y equipamiento. La APS aplicada exitosamente en el primer mundo con prevención de enfermedades, promoción de la salud y educación sanitaria en la casa y en la escuela es la mejor receta para los países en desarrollo. Como filosofía implica la aplicación de un sistema sanitario que asuma el derecho a la salud como principios fundamentales de las personas y que responda a criterios de justicia y equidad en el acceso y el disfrute de ese derecho a la población. Esto requiere más difusión de sus elementos conceptuales: “Integral, integrada, continuada, permanente, accesible, basada en equipos interdisciplinarios, comunitaria y participativa, programada y evaluable, y docente e investigadora”. 

Nuestro sistema de salud, centrado en el hospital, puede ser comparado a la gran pandemia silenciosa: sedentario, obeso  y enfermo, cuando lo que se necesita es llevar la salud a la gente, a su casa, al barrio, y no esperar que los pacientes lleguen tardíamente a la consulta, o enterrar a los que murieron en el camino o en las filas de espera de las emergencias saturadas. Hay que democratizar a la medicina.  

Desde el siglo pasado se plantea la necesidad del sistema único de salud, el seguro universal  gratuito y una ley general de salud que articule técnica y funcionalmente todos los servicios y gestores, y en un gran pacto nacional se reconozca la salud y la educación como sectores estratégicos y se implementen como políticas de Estado. 

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