29 de marzo de 2022, 4:00 AM
29 de marzo de 2022, 4:00 AM

Historias de mucha tristeza, abandono, pero también de esperanzas se respiran en el Hogar Teresa de los Andes, donde cada una de las 89 personas con capacidades especiales que no se valen por sí mismos y viven allí tiene algo que contar, si no ellas directamente, al menos a través de quienes las acogen, en algunos casos desde hace 30 años.

Esta obra social de un generosísimo sentido humanitario se encuentra a pocas horas de cerrar definitivamente sus operaciones: el 31 de marzo será su último día porque ya no es posible sostener las pérdidas mensuales y la deuda acumulada. La crisis económica ha golpeado tan fuerte a este hogar, particularmente desde el año 2015, que pese a todos los esfuerzos por encontrar soluciones, no le quedará otra alternativa que cerrar.

El hogar está coordinando con la Gobernación el traslado de sus 89 pacientes a otros centros de atención, aunque no pierden la esperanza de que a último momento surja una alternativa que permita continuar dando atención a esas personas indefensas que con el paso de los años se han convertido en una gran familia de desamparados y olvidados por sus propios familiares de origen.

Se trata de un hogar que acoge desde hace más de tres décadas a personas con capacidades especiales, o, como también se las denomina, personas con distintos grados de discapacidad intelectual o física o síndrome de Down.

Muchas de las personas que allí reciben atención fueron abandonadas por sus familias, en las puertas del hogar o en los hospitales donde las dejaban con una nota. Otros fueron dejados amarrados en canastas que sus familiares introducían con cuerdas para pasarlos por encima de los muros. Los responsables del hogar se enteraban de esas presencias indefensas porque las mascotas del hogar ladraban al percatarse de ellos.

Ahora, el Hogar Teresa de los Andes está ahogado por las deudas que superan el millón de dólares; necesita 35.000 dólares mensuales para cubrir sus costos de operación, principalmente por la compra de medicamentos especializados, pañales, suplementos alimenticios, y la planilla de sueldos de 53 trabajadores que cuidan a los enfermos como no lo hicieron sus familiares. Con la crisis, los benefactores han reducido o directamente han cortado el 100 por ciento de sus aportes, decretando así la muerte del hogar.

El hogar también prestaba consultas externas a niños con discapacidad, les daba terapia y enseñaba a sus padres cómo comprender y cuidar a sus hijos en sus casas.

Una obra tan necesaria como la que realiza el Hogar Teresa de los Andes no puede morir; no es concebible que la indiferencia de gobiernos, instituciones, empresas y sociedad misma no puedan impedir ese cierre de puertas que le hará mucho daño a personas que no tienen forma de subsistir si no es con la asistencia especializada que les da el hogar.

No se trata únicamente de solidaridad, sino de responsabilidad con una comunidad que tiene hijos también con esas capacidades especiales, que suelen llegar de la mano de la pobreza en familias sin condiciones para hacerse cargo de ellos. Ellos son parte de esa misma sociedad que tiene hijos de todos los colores y condiciones. Por eso es importante que en estas horas Santa Cruz encuentre una solución de emergencia para extender la vida del Teresa de los Andes.

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