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El 8 de septiembre, cerca de la Plaza Villarroel de la zona de Miraflores en La Paz, una bebé de un mes de edad, de nombre Samanta, era secuestrada por una mujer que mandó a la madre primero a un banco y luego a comprar salteñas; aprovechando la segunda ausencia, algo más larga que la primera, tomó un minibús y se llevó a la pequeña con rumbo desconocido, y en aquel lugar dejó un vacío irremplazable, un dolor inconsolable.

Pasaron 34 días de intensa búsqueda hasta que finalmente este lunes la Policía Nacional presentó a la raptora y entregó a la bebé sana y salva a su madre en un acto emotivo que exhibió el mejor rostro de la denominada institución verde olivo, ese rostro de pueblo al servicio del pueblo, de una Policía aliada de las causas sociales, más cercana a los ciudadanos y solidaria con sus necesidades.

Quizá por el alto impacto de sensibilidad social que despertó el caso, quizá por la extendida atención que los medios de comunicación le brindaron al rapto, quizá por el conmovedor dolor de la joven madre engañada por su ingenuidad, quizá porque la Policía Nacional -ojalá- está ahora más próxima a las vicisitudes de la gente, el caso se resolvió exitosamente y el llanto de alegría de la madre lo decía todo en la conferencia de prensa del lunes.

Esa faceta de la Policía Nacional, empeñada como lo demostró en este caso particular, es la que los bolivianos quisiéramos ver en más ocasiones en la institución del orden, en lugar de la desprestigiada imagen que algunos de sus miembros se empeñan en impregnar con hábitos que tendrían que quedar en el pasado, como la corrupción, la extorsión y otros males.

Mucho influye en estos éxitos la voluntad que el mando institucional político imprime para no desmayar en las investigaciones y llegar hasta el final, aunque tome mucho tiempo.

En este caso, fue muy evidente el interés y el empuje que imprimió el ministro de Gobierno, Arturo Murillo, que suele ser muy criticado por su locuacidad, un signo característico de su perfil político, pero que en este caso merece un justo reconocimiento por el interés personal que puso en el tema, al extremo que en su apuro por encontrar a la raptora llegó incluso a equivocarse de persona.

Igual reconocimiento merece el director de la Felcc de La Paz, Iván Rojas, quien fue el responsable de la investigación y quien recibió las llamadas de quienes él mismo denominó ‘dos ángeles anónimos’ que dieron las pistas que finalmente llevaron a la Policía a rescatar a la bebé.

La Policía Nacional necesita trabajar en su identidad y en la forma como es percibida por su pueblo, requiere de profundas transformaciones inspiradas en el espíritu de convicciones y acciones como las que demostró con este rescate.

En medio del desaliento colectivo de un país golpeado por una larga pandemia de enfermedad y muerte, en el centro del tiempo de mayor nerviosismo por la tensión que a las cuatro orientaciones ventila el proceso electoral boliviano, el rescate de Samanta da para recuperar la sonrisa y la esperanza en una mejor Policía, en un mejor país, así sea por unos días.