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OPINIÓN

Samba de la utopía

21/5/2020 03:00

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Por: Susana Seleme Antelo

Guillermo Capobianco Ribera, falleció el pasado 12 de mayo, a las 10 de la noche. Su cuerpo batallaba hacía años, hasta que dijo basta. Su ausencia la llena su historia personal y la colectiva, en la construcción del “instrumento vital del provenir”: el partido político para la Bolivia que soñó siempre. 

Él fue pivote imprescindible en la construcción del Movimiento de la Izquierda Revolucionaria –MIR- en Bolivia, a inicios de los años 70. Fue uno de sus fundadores. En principio, ese MIR era proclive a la lucha armada, y luego, cuando sus hombres y mujeres se dieron cuenta de que la lucha política era más noble que andar tirando tiros, se convirtió a la social democracia.

Guillermo fue uno de sus mejores hombres. Sabía que, sin partidos políticos como correas de transmisión entre la sociedad y el Estado, la democracia caminaría siempre coja. “Tenemos que rescatar ese impulso político. Fuimos la generación de la democracia, tiene que surgir la otra”, decía, cuando la memoria le filtraba las imágenes de la historia vivida por un mejor futuro. 

Al MIR le dio su vida entera, lo mejor de su vida: su juventud arrolladora, su voz potente de líder y de conductor que convocaba a jóvenes y adultos para construir el instrumento vital del porvenir, con sus mensajes ya con “mística juvenil”, como él mismo señala en sus Memorias de un militante, o con febril arrojo al escribir y diagramar el Bolivia Libre, el periódico clandestino del MIR, o con madurez política “que se gana con la experiencia”. 

En ese recorrido está su anhelo de un mañana con olor a proletario, a campesino, a pueblo, a clase media en la Bolivia multi y pluri que vivió y conoció desde su Concepción natal, allá en la Chiquitania, pasando por San Javier y Puerto Pailas. Culminaría entre La Paz y Santa Cruz, polos estratégicos del eje político, económico y social del país, en el último tercio del siglo XX, hasta ahora. 

Leticia Sainz fue su compañera de vida en esa etapa sembrada de luchas, derrotas, victorias, persecuciones, cárceles y exilios. Antes, hubo el amor de juventud que le dio dos hijos hombres y una madre amiga. En el exilio de Quito, Guillermo y Lety se casaron, un día de septiembre de 1981, en una ceremonia que “se semejaba más un mitin político que un matrimonio”. 

Es que aquel fue el de dos militantes de las lides democráticas que “encontraron el amor en medio de la turbulencia de la lucha por la reconquista de la democracia en Bolivia”. Y luego las luces, como sus dos hijas, Susana –Suki- y Celia. Como dice en su libro, 

“Mis dos hijas llevan nombres con simbolismo en nuestras vidas. Suki lleva el de Susana Seleme, amiga entrañable y compañera de tantas trincheras, y Celita el de la gran Celia Sánchez, la cubana inolvidable.” Y también sombras, como los olvidos de los hombres y la historia. 

Cuando cayó preso en Santa Cruz de la Sierra, el día del golpe del brutal Luis García Mesa -17 de julio de 1980- fue detenido por un comando de paramilitares, junto a otro compañero del MIR, Jorge Méndez. Estuvieron 5 días en una casa de seguridad, y dos de ellos encerrados en un apretado closet, en completa oscuridad, que pensó sería “la antesala de la muerte”. 

Se los consideró como “desaparecidos” para angustia de sus padres, la familia del ‘Flaco’ Méndez y de Lety, quien salía por las noches, con un buen amigo, a buscar sus cadáveres por canales y lejanías suburbanas, hasta que se supo que estaban presos, pero con vida.

Para entonces, el MIR ya era un referente político. Guillermo Capobianco Ribera era conocido como activo militante y dirigente de ese joven partido que generaba adhesiones y simpatías: era un “joven metedor”. En sus memorias, Guillermo cuenta que el “ser cruceño me salvó la vida”, pues cuando lo llevaban preso, sacó la cabeza por la ventana de vehículo y gritó “soy Capobianco”. 

El jefe en la casa de seguridad y los demás custodios eran cruceños, de clase media popular, algunos compañeros de aulas en el Colegio Nacional Florida. Pedían números de teléfonos para avisar a sus familias que estaban vivos. El 22 de julio, después de largas gestiones en las que participó el Arzobispo de Santa Cruz, el propio prefecto del Departamento y otras personas de la élite cruceña, salieron al exilio a Paraguay, con otros dos jóvenes más, uno de ellos, también del MIR.

Con el triunfo de la Unidad Democrática y Popular (UDP) en 1982, Guillermo fue Ministro de Urbanismo y Vivienda. En 1989, con Jaime Paz Zamora presidente, fue ministro del Interior. ‘La generación de la democracia’, como la llamó el propio Jaime, estaba a la cabeza del poder político. Nos quedamos en la utopía 

Los fines de semana de los últimos años, Lety y Guillermo escuchaban música y canciones. Él ya hablaba poco y la música fue, además de Lety, su otra compañera. De todo lo que escuchaban, hay una canción que mejor define al Guillermo con el que me quedo: Samba de la utopía. Con ella, desde mi duelo, entre la nostalgia y la melancolía, le digo gracias al hombre que me abrió las puertas al MIR, partido por el que dejé atrás el radicalismo de izquierda, por el que entré a la lucha democrática para construir el instrumento vital del porvenir. Gracias Guillermo. Gracias Lety.

Samba de la utopía de Jonathan Silva
Si el mundo se pone pesado / Voy a pedir prestado/ La palabra poesía
Si el mundo se hace aburrido/ Voy a rezar para que llueva/ La palabra sabiduría
Si el mundo va para atrás/ Escribiré en un cartel/ La palabra rebeldía
Si la gente se desanima/ Voy a cosechar en el huerto/ La palabra terquedad
Si sucede, después de todo/ Que entra en nuestro patio trasero/ La palabra tiranía
Toma el tambor y la ganzá/ Salgamos a la calle y gritemos/ La palabra utopía.