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Que la sangre no llegue al río

Martes, 09 de junio de 2026 a las 04:00

Bolivia atraviesa una de las coyunturas más delicadas de los últimos años. A la persistente crisis económica, la incertidumbre política y el desgaste institucional se suma ahora un elemento especialmente inquietante. No es otro que el que guarda relación con la escalada de conflictos sociales acompañada por la creciente y alarmante visibilización de grupos de civiles armados que desafían abiertamente a las fuerzas del orden y cuya presencia es asociada por diversos sectores con actividades vinculadas al narcotráfico.


Los hechos registrados en San Julián, donde seis policías resultaron heridos y un civil permanece en estado crítico tras las operaciones de desbloqueo de carreteras en la zona, constituyen una nueva señal de alarma. No se trata de un episodio aislado. San Julián y Yapacaní, en el eje oriental del país, se han convertido recurrentemente en escenarios de alta conflictividad, reflejando una peligrosa combinación de tensiones políticas, disputas territoriales, intereses económicos y una creciente pérdida de respeto por la autoridad del Estado.


La sexta semana consecutiva de movilizaciones que afectan a seis de los nueve departamentos del país revela la magnitud del problema. Bolivia parece avanzar por una senda en la que los mecanismos democráticos de diálogo y concertación ceden espacio a la confrontación permanente. Cada bloqueo, cada enfrentamiento y cada acto de violencia profundizan una fractura social que amenaza con escapar al control de las instituciones.


La preocupación se incrementa cuando aparecen imágenes de civiles portando armas, organizados en grupos de presión o resistencia, enviando un mensaje de desafío directo a las fuerzas encargadas de preservar el orden público. Más allá de las investigaciones que deberán determinar responsabilidades y eventuales vínculos con organizaciones criminales, la sola presencia de estos actores constituye un síntoma de debilitamiento estatal. Ninguna democracia puede normalizar la existencia de grupos armados actuando al margen de la ley sin correr el riesgo de erosionar los fundamentos mismos de la convivencia pacífica.


En este contexto, la responsabilidad del Gobierno adquiere una dimensión histórica. La administración de Rodrigo Paz enfrenta la difícil tarea de restablecer el orden sin alimentar una espiral de violencia que podría tener consecuencias imprevisibles. La promulgación de la Ley del Estado de Excepción coloca sobre la mesa un instrumento extraordinario que exige prudencia, proporcionalidad y absoluto apego al marco constitucional. La seguridad es una obligación irrenunciable del Estado, pero también lo es la protección de los derechos y libertades ciudadanas.


Sin embargo, la salida no puede limitarse a respuestas coercitivas. La experiencia demuestra que los conflictos sociales prolongados suelen tener raíces profundas que requieren canales efectivos de diálogo político, capacidad de negociación y voluntad de construir consensos. La fuerza puede despejar carreteras, pero difícilmente resolverá por sí sola las causas que alimentan el descontento y la polarización.


La ciudadanía observa con preocupación el desarrollo de los acontecimientos. El temor no surge únicamente de los enfrentamientos actuales, sino de la posibilidad de que el clima social continúe deteriorándose hasta niveles difíciles de revertir. Bolivia ya conoce los costos humanos, económicos e institucionales de las crisis prolongadas. Por ello, el llamado que emerge desde amplios sectores de la sociedad es claro: evitar que la confrontación se transforme en violencia generalizada.


Que la sangre no llegue al río es hoy mucho más que una expresión de deseo. Es una necesidad nacional. Corresponde a las autoridades, a los líderes políticos, a los movimientos sociales y a todos los actores involucrados actuar con responsabilidad para impedir que el país cruce una línea de la que luego resulte difícil regresar. La paz social, la vigencia de la ley y el fortalecimiento de las instituciones deben prevalecer sobre cualquier cálculo coyuntural. Bolivia necesita soluciones, no más enfrentamientos.
 

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