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Santa Cruz: cuando la unidad se convierte en destino

Miércoles, 22 de abril de 2026 a las 04:00

Hay momentos en la historia de los pueblos en los que todo parece estar en juego. Momentos en los que no basta con avanzar: hay que decidir cómo avanzar, y, sobre todo, con quién. Santa Cruz ha vivido esos momentos antes. Y cada vez que eligió la unidad, eligió crecer.

En las décadas de los 50 y 60, cuando el futuro no estaba escrito y las limitaciones eran muchas más que las certezas, surgió una generación que entendió algo fundamental: ningún sueño colectivo se construye en soledad. Desde el entramado cívico hasta las cooperativas, desde el sector productivo hasta las Universidades, Santa Cruz se pensó como un solo cuerpo. No fue un milagro. Fue voluntad. Fue visión. Fue la decisión consciente de caminar juntos.

Ese espíritu no solo transformó una región; sembró una forma de ser. Una identidad basada en la cooperación, en el empuje compartido, en la convicción de que el progreso auténtico no deja a nadie atrás. Y así, con el paso de los años, Santa Cruz dejó de ser promesa para convertirse en realidad: una ciudad pujante y vibrante; un motor económico, un símbolo de lo que es posible cuando la unidad se convierte en acción.

Pero toda historia viva exige renovación. Y hoy, Santa Cruz vuelve a encontrarse en una encrucijada cargada de significado.

Nuevas autoridades han sido elegidas para liderar el municipio y el departamento: Mamén en la Alcaldía y Juan Pablo en la Gobernación.  Son jóvenes. Y en esa juventud no solo hay edad: hay una oportunidad; hay una responsabilidad. La oportunidad de traer aire fresco, de desafiar inercias, de volver a encender la chispa de una visión que mire más allá de lo inmediato. No son, por sí solos, la solución. Pero podrían ser el comienzo.

El comienzo de una nueva generación de líderes que no hereden simplemente el poder, sino que asuman el peso de la historia. Líderes que entiendan que Santa Cruz no se sostiene sobre nombres propios, sino sobre principios y visiones compartidas. Que la verdadera grandeza no se mide en discursos encendidos, sino en la capacidad de unir, de escuchar, de construir. La pregunta no es si pueden hacerlo, sino si estarán dispuestos a hacerlo juntos, con todos, para todos; yo creo que sí.

Ahí es donde la institucionalidad cruceña también tiene su prueba. Porque ningún liderazgo florece en terreno dividido. Si las instituciones se repliegan, si los sectores se fragmentan, si el “yo” vuelve a imponerse sobre el “nosotros”, incluso las mejores intenciones pueden diluirse. La unidad no es tarea de unos pocos; es una responsabilidad compartida.

Hoy, más que nunca, Santa Cruz necesita reencontrarse con su esencia. Recordar que sus mayores victorias nacieron del encuentro, no de la confrontación. Que sus pasos más firmes se dieron cuando hubo visión común, cuando hubo confianza, cuando hubo propósito, cuando se buscó la “transformación” y no la “transacción”.

Santa Cruz ya lo hizo antes. Supo levantarse, supo unirse, supo crecer. Hoy tiene, una vez más, la oportunidad de hacerlo mejor. De tomar la fuerza de su historia, la energía de su presente y la esperanza de su juventud, y convertirlas en un solo impulso.

 Si lo logra, no solo seguirá avanzando. Estará trazando, con firmeza y con alma, el camino hacia ese futuro que aún no vemos, pero que ya estamos empezando a construir: el siglo XXII.

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