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Santa Cruz de la Sierra, porque me querés te quiero

Alcides Parejas 4/9/2020 05:00

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He tenido el privilegio de nacer en una ciudad que está en medio de una llanura sin orillas, donde el verde sí es un color. En una ciudad que está en el mismo corazón del continente donde las mujeres son hermosas y huelen a pampita y los hombres son de cuchi y enfrentan el futuro con valentía.

Nací en una casa de paredes altas y blancas donde se almacenaba agua de goteras en enormes hornas que estaban hincadas en el suelo. Una casa en la que la gente con muy pocas cosas vivía feliz.

Mi mamá, que era una niña que estaba empezando a ser mujer, me enseñó a amar este pueblo porque, me decía, el verde es un color y el verde, repetía, es esperanza, es alegría. Años después esta enseñanza de mi mamá me hizo reaccionar contra alguien que se atrevió a decir que en Santa Cruz el verde no es un color. Mi papá, que siempre andaba erguido y sonriente, me mostró que el trabajo es dignificante, y, aunque no era agricultor, me enseñó a respetar la naturaleza y a tener un diálogo amoroso con ella.

En este pueblo de mis amores el tiempo no tenía prisa. La vida era sencilla y amable; todos éramos pobres, el rico era el menos pobre. En época de lluvias caminábamos con el barro hasta las rodillas o nos bañábamos en el río Telchi, mientras que en invierno los vientos nos llenaban de arena. Y porque el tiempo no tenía apuro, once largas noches de “mascaritas” alegraban nuestro Carnaval, aunque después la Cuaresma nos volvía a la realidad.

Mi pueblo estaba anclado en el pasado y no se le permitía asomarse al mundo moderno hasta que dijo basta y se lanzó en busca de su futuro. Cuando mi pueblo cumplía 400 años de vida despertó y llenó de esperanza esta llanura sin fin. Mi pueblo despertó al futuro con la alegría de siempre y siguió siendo fiel a sí mismo.

Es por todo esto y mucho más que Santa Cruz de la Sierra, mi ciudad, me enamora.

Porque tiene alma de niña y corazón de mujer. Porque diariamente me renueva su promesa de amor

Porque hamaqueó mi niñez en medio de largas y espaciosas galerías al son de taquiraris, chobenas y carnavales. Porque tiene un río y como centinela al mojón con cara.

Porque es una madre generosa que para poder albergar más hijos se llenó de anillos. Porque ha seguido siendo fiel a don Ñuflo.

Porque además de oler a pampita, huele a achachairú.

Porque es una bella y valiente mujer que es madre de ciudades: es la ciudad de los espejos; es la capital de los bosques; es la capital poética de América. Porque me has dado el privilegio de decir ¡soy de Santa Cruz de la Sierra!