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¿Se puede “aplanar la curva” en Bolivia?

19/3/2020 03:00

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Por: Rodrigo García Ayala

La crisis del coronavirus ha desatado la urgencia colectiva por encontrar acciones. Los gobiernos de varios países vienen tomando medidas que podrían haber sido impensables hasta hace tan sólo unos días y en las redes sociales se suman los pedidos por respetar las cuarentenas con el fin aplanar la curva (“flatten the curve”). Este concepto se refiere a la necesidad disminuir la tasa de contagios de tal manera que el número de casos que se atienden en cada momento no supere la capacidad del sistema de salud. Aquí (https://www.dropbox.com/s/if1xygw1pe65ek0/RGA_032020_Coronavirus_Bolivia.pdf?dl=0 ) presentamos, de manera preliminar y bajo supuestos razonables, aunque debatibles, un estimado de cuándo podría colapsar el sistema de salud en Bolivia.

Estamos ante un problema mayor con un pronóstico complicado. En Bolivia tenemos poco margen si se llega a desatar el problema en la magnitud de lo sucedido en Italia y otros países en Europa. 

El umbral del sistema es bajo y la capacidad de respuesta es limitada. En Bolivia existen alrededor de 450 camas para cuidados intensivos. En un escenario optimista, suponiendo que esta capacidad podría crecer en 25% de inmediato, pensamos que Bolivia tendría poco más de un mes desde hoy (16/03/2020) antes que el sistema de salud colapse. 

El ejercicio que presentamos, básico y lleno de supuestos, nos sugiere que tendremos entre 10 y 30 días luego que se reporte la primera muerte comunitaria por coronavirus en el país antes de alcanzar una crisis masiva en el sistema de salud. Considerando que aún no existen indicios de contagios comunitarios en Bolivia, podríamos pensar que contamos con entre 25 y 45 días para llegar a una situación extrema en el país. Esto si la tasa de reproducción se mantiene dentro de los valores razonables, en los que la población infectada se duplica cada 4.5 a 6 días. 

No es mucho tiempo y la carrera frenética en la que se han embarcado otros países para contener la expansión de la enfermedad con el fin de evitar que sus sistemas de salud entren en crisis, nos hacen pensar que se debe actuar de manera pronta y efectiva.

La dificultad más grande en intentar aplanar la curva está en la capacidad que tiene el sistema de absorber aquel 5% de casos que requerirán cuidados intensivos. En este contexto, existen pocas alternativas. La construcción de capacidad de tratamiento es una prioridad y podría realizarse (a través de la adaptación y equipamiento de algunos centros de salud) pero su potencial es limitado. La segunda, y en la que se han embarcado todos los países, es la de intentar contener la velocidad de transmisión de la enfermedad a través del aislamiento y distanciamiento social.

Esta es una alternativa que requerirá un compromiso cívico y colectivo mayúsculo. Dadas las limitaciones del sistema de salud, se debería bajar la velocidad de contagio al punto que la población infectada crezca a una tasa constante. Revertir esta tendencia no se ha observado en ningún país durante esta epidemia. 

Esto no quita la utilidad de la cuarentena y el distanciamiento, son indispensables para evitar el sufrimiento de muchos. Bolivia aún no ha sufrido caso comunitario por lo que aún se conserva la esperanza que el contagio masivo pueda evitarse. Si a través del aislamiento lográramos que la velocidad de duplicación de los casos se redujera a niveles observados en países del Asia que actuaron de manera oportuna, nuestro análisis sugiere que se podrían ganar alrededor de 40 días antes que el sistema colapse. Esto puede hacer una gran diferencia.

Todos los países en el mundo en este momento se enfrentan al desafío de decidir cuán restrictivas deben ser las políticas de aislamiento, en qué momento aplicarlas y por cuánto tiempo mantenerlas. 

Lo difícil es que las políticas para aplanar la curva vienen irremediablemente con un costo económico y, si se mantienen por mucho tiempo, seguramente traerán consecuencias en la estabilidad política y social. En una economía de servicios altamente informal, en la que muchas personas generan un ingreso diariamente, la suspensión de las actividades tendrá un impacto enorme en los ingresos de las familias. 

A esto se suma un nuevo contexto internacional, que desde ya pinta desfavorable e incierto. Bolivia sufrirá por la caída en los precios y la demanda de sus exportaciones, además de la desaceleración económica y devaluaciones de las monedas de nuestros socios comerciales. Asimismo, el espacio fiscal es nulo (o muy limitado) luego de varios años de déficit acumulado. Los días de paro en octubre pasado también se suman a este escenario. La magnitud de estos choques está aún por entenderse, pero es probable que nos lleve a una recesión.

Es un momento de decisiones difíciles y las medidas del gobierno han sido en gran medida acertadas, pero difícilmente serán suficientes. Estamos ante una crisis y nuevamente se requerirá que la población asuma la responsabilidad del momento. Necesitamos una nueva narrativa y mucha cohesión social para enfrentar este nuevo escenario. 

La solidaridad y la resignación serán parte de este nuevo sentir colectivo, pero Bolivia ha demostrado que puede unirse en torno a un problema más grande. Los 21 días de defensa de la democracia demostraron que es posible hacer cosas con civismo y solidaridad. Necesitamos una nueva revolución de las pititas para enfrentar el coronavirus.

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