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16 de julio de 2017, 4:00 AM
16 de julio de 2017, 4:00 AM

Desde 2011 hasta la fecha, nada menos que siete cumbres nacionales han sido celebradas en Bolivia para garantizar, supuestamente, la seguridad ciudadana y optimizar las acciones de combate a todo tipo de delitos. En los hechos, todo lo visto hasta hoy no pasa de ser un saludo a la bandera. Poco o nada ha mejorado en los siete años que transcurren desde la primera cumbre, como se ha podido comprobar tras lo ocurrido el jueves pasado en la capital cruceña: un violento atraco frustrado por una Policía aturdida, que arrojó un saldo lamentable de cinco personas muertas a tiros y una seguidilla de desaciertos cometidos fundamentalmente por autoridades de Gobierno y no pocos medios de comunicación. 

No se trata de criticar por criticar, como algunas voces han salido a gritar en un intento no del todo honesto de salvar las responsabilidades de la Policía. Se trata de ser capaz de ver una realidad que nos golpea a todos, incluso a los propios uniformados, que son largados a la calle a combatir a delincuentes de toda laya, sin tener las condiciones materiales ni la preparación adecuada para ello. Lo vimos el jueves, muchos en vivo y en directo: no había control de la acción policial, fue una de disparar a mansalva, ignorando protocolos vistos en los casos en los que hay rehenes usados como escudo por los delincuentes. ¿Alguien vio algún policía con megáfono, negociando con los atracadores? Nada. Solo tiros.

Tampoco hubo control en la cobertura informativa del hecho. Muchos medios se dejaron dominar por el caótico accionar de los uniformados, por la absurda guerra de rumores en redes sociales y por las declaraciones oficiales del Ministerio de Gobierno y de la Policía. Faltaron las preguntas necesarias para acercarnos a la verdad de los hechos, la mirada serena pero crítica sobre las versiones oficiales, el convencimiento de que no valen ya las excusas de que se hace lo que se puede con lo que se tiene, esgrimidas tanto en el lado de los policías, como en el de los periodistas. Se debe y se puede hacer más para cumplir de la mejor manera posible con las tareas que competen a cada uno de los involucrados.

Ahora toca pasar a limpio todo lo ocurrido, no con afán de venganza, sino con la urgencia de conocer la verdad histórica y material del hecho (como les gusta repetir a los fiscales), única garantía para seguir adelante, con seguridad y bien informados. No más cumbres al fósforo, no más informes oficiales mentirosos, no más informaciones a medias, no más muertes de gente inocente, no más promesas vacías. Que se acaben las imposturas, a la par del fin de la indefensión. 

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