El Deber logo
26 de febrero de 2017, 4:00 AM
26 de febrero de 2017, 4:00 AM

Los azotan huracanes, tormentas y terremotos. Un informe compilado por Naciones Unidas, tomando en cuenta la exposición a eventos naturales y la respuesta de una sociedad, estableció que cuatro países de la región (Guatemala, Costa Rica, El Salvador y Nicaragua) están entre los 15 países que corren mayor riesgo en caso de sufrir un desastre natural a escala mundial. Sin embargo, pocos países en la región tienen seguros contra este tipo de fenómenos.


Es lo mismo que una persona sin seguro médico o un conductor sin protección para su auto. Pero no es poco habitual. En un estudio que publiqué en el Journal of Development Economics con Eduardo Borensztein y Olivier Jeanne, descubrimos que la abrumadora mayoría de los gobiernos carecen de seguros macro contra desastres naturales simplemente porque los costos de ese tipo de seguros en un mercado incipiente superan los beneficios. Esta situación es desafortunada.


Uno de los tipos de seguros contra desastres más prometedores es lo que se conoce como un bono de catástrofes (o cat), un instrumento financiero comerciable que distribuye el riesgo a través de los mercados globales de capital. Estos bonos suelen ser emitidos por gobiernos o empresas de reaseguros -las aseguradoras de las aseguradoras- y respaldados por letras del Tesoro de Estados Unidos. Aunque suelen pagar una pequeña fracción de los daños, pueden brindar importantes beneficios en caso de que se produzcan las peores catástrofes.

Afortunadamente, los desastres catastróficos son poco frecuentes. Aún los países más vulnerables a huracanes, tormentas e inundaciones enfrentan solo entre 2% y 5% de posibilidades de enfrentar una catástrofe en cualquier año donde la producción cae 4% y no se recupera. Pero ese tipo de eventos son tan devastadores que pueden afectar la economía de un país de la misma forma en que una herida grave en la cabeza afecta el cerebro. La herida se expande rápidamente en una reacción en cadena desde el lugar donde se produjo el impacto a regiones distantes; se alteran funciones clave; se paralizan actividades. Un desastre natural severo no solo arrasa con la agricultura y la industria. Hay una necesidad de volcar recursos a asistencia humanitaria y reconstrucción. 


Y cuando gran parte de su base de ingresos queda destruida y actividades básicas como recaudar impuestos se ven limitadas, el Gobierno avanza con dificultad y poca capacidad de ayudar al país a recuperarse.


En este contexto, los bonos de catástrofe brindan una ventaja clave. Ya que los pagos se basan en la gravedad del evento, más que en estimaciones de daños, se pueden realizar con rapidez y poca disputa, permitiendo que los gobiernos den ayuda de emergencia antes de que llegue la ayuda extranjera. 


Los gobiernos, como los médicos que tratan daños cerebrales, pueden comenzar con el proceso de reconstrucción y reparación antes de que se active la reacción en cadena y el daño se vuelva irreparable.


Hay otro beneficio, quizás menos comprendido, que está cubierto en el modelo que publicamos con Borensztein y Jeanne. Los países que corren el riesgo de experimentar un desastre natural también corren mayor peligro de caer en cesación de pagos de sus deudas si se produce una catástrofe 

Tags