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Vienen y van las noticias veraniegas del hemisferio norte, y con ellas las contingencias vinculadas al turismo. No he podido sustraerme a una sucesión de titulares referidos a las selfis llevadas al extremo de la irresponsabilidad.

Hace unos días, dos turistas fueron detenidas en Roma por pelearse ante la famosa Fontana di Trevi. ¿La causa? Hacerse una autofoto. Anteriormente, un joven madrileño de 17 años se electrocutó al subir a la cubierta de un tren para ¡hacerse una selfi!

¿Por qué surgen ahora estos problemas, alrededor de un fenómeno que nació rodeado de encanto, buenas energías y disrupción tecnológica? La pregunta es pertinente, por lo que significa para la vida humana y las normas de convivencia. Sin embargo, algunos consideran que siempre han existido los temerarios e imprudentes.

Soy un defensor de la selfi, porque creo que aporta naturalidad y frescura a la fotografía. Es cierto que puede estimular el narcisismo y la superficialidad, sobre todo en personas inseguras. ¡Esa es una realidad en el debate sobre el impacto de las nuevas tecnologías!

El 55% de los especialistas de la Academia Norteamericana de Cirugía Facial Plástica y Reconstructiva atendió el año pasado a pacientes que simplemente deseaban “verse mejor” en las selfis. Así de crudo: la selfi como motivo para intervenir quirúrgicamente el cuerpo. No tengo nada en contra de las operaciones estéticas, siempre que nos ayuden a superar problemas que consideramos importantes para sentirnos mejor con nosotros mismos. Hacerlo para buscar la autofoto “perfecta”, suena bastante frívolo.

“Hay que dejar la vanidad a los que no tienen otra cosa que exhibir”, afirmaba Honoré de Balzac. La clave para no sucumbir ante el narcisismo está en la educación en valores, para formar seres humanos emocionalmente equilibrados, pero a la vez conscientes del impacto tecnológico. Mientras tanto, mucho sentido común, para no morir en el intento. “El sentido común modera”, como diría la actriz y cantante Marlene Dietrich.

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