En los pliegues de este abril, entre la crisis económica y las contiendas políticas, resuena un latido antiguo al compás de la Semana Santa, que otrora olía a cera quemada y a incienso, un tiempo de pasos lentos y saetas que quebraban el silencio.
Pero, ¿qué se celebraba en esas calles de cal y adobe que hoy parece olvidado? ¿El dolor de una cruz o el júbilo de la resurrección? ¿No hay en el relato de esta tradición un “error de tempo”, un compás desajustado que ha hecho de la victoria sobre la muerte una elegía perpetua?
Imagino la Santa Cruz de ayer, con sus Ambaibos desnudos y sus beatas de mantilla negra, rezando en susurros que se pierden en la arena. Las campanas tañen. Los penitentes arrastran sus pecados como sombras de un pasado que no termina. Buscan la redención del Cristo en la madera, que, cargado de siglos, detiene su paso bajo el peso de una cruz eterna. Un lienzo de melancolía, una procesión donde el silencio pesa como el mármol y la tristeza vuela como el viento que dobla los viejos Tamarindos.
La Semana Santa abre con el victorioso domingo de ramos, pero desde el jueves santo se nutre de símbolos que la hunden en el dolor de la pasión de Cristo. Ese dolor y esa humillación, son necesarios para cumplir la narrativa profética de muerte y resurrección, de inmanencia y trascendencia.
Peor, lo que debería ser una historia de júbilo al ver el sepulcro vacío, símbolo del triunfo de la resurrección, sigue atascado en el Gólgota, en el vía crucis, en esa exhalación dolorosa que Jesús pronunció en la cruz en señal de soledad y abandono. "Eloi, Eloi, ¿lama sabachthani? —Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"—
Pero ¿y si el error está en cómo leemos los signos? ¿Y si este relato, perdido en los laberintos del sentido, es en verdad de júbilo, solo que el código cultural nos ha hecho privilegiar el viernes sobre el domingo, confundiendo el sacrificio con el fin en lugar de verlo como preludio de la alegría?
En estas tierras benditas, la Semana Santa fue un palimpsesto de significados: una fe honda, un paisaje que respira memoria, una comunidad que se mira en el espejo de sus ritos. Pero el tempo de esta historia, heredado de siglos, ha ralentizado el paso del dolor al júbilo.
Y mientras el relato sagrado lucha por recuperar su alegría, la modernidad, con sus prisas, va tiñendo esos lienzos de la memoria colectiva. Ignora no solo la fe, sino las huellas de una cultura tejida de signos, significados y representaciones.
El debate ya no es teológico, místico o cultural; está reducido a un feriado donde las procesiones, las visitas a iglesias y los rituales incomodan a una generación que vive como si el instante fuera todo, y lo finito, una ficción vaciada de referencias trascendentales.
¿Podremos, alguna vez, acelerar el tempo de esta historia y danzar al son del sepulcro vacío?