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El 10 de mayo es el Día del Periodista boliviano, este oficio que eligieron miles de hombres y mujeres dedicados a recoger, procesar y difundir informaciones, que en Bolivia es más que solo un gremio variopinto, porque en esencia es el grupo no integrado de personas que, cuando optan por esta profesión, escogen una misión de servicio y luchas de las que, con toda seguridad, no eran conscientes en el momento de su elección.

En la vida de un periodista no hay un día igual a otro en el trabajo: cada jornada es distinta a la otra, y cada comienzo del día es como el inicio de una batalla que concluye al finalizar el día: se trabaja en ciclos cortos, intensos, como quien prepara un menú que tendrá vigencia solo por unas horas. Al día siguiente comenzará para el periodista una nueva batalla, y así, entre edición y edición, se le va la vida.

En ocasiones se le va la vida de otra forma: de formas abruptas, inesperadas, tempraneras, dolorosas, de esas que no correspondían aun al tiempo, cuando en el ejercicio de esa misión de estar en medio de dos bandos que se enfrentan con balas o piedras, o dentro de los hospitales recogiendo historias, se les acaba literalmente su tiempo y mueren en la batalla. Así pasó particularmente con muchos hombres y mujeres de la comunicación en este tiempo de la pandemia.

El virus global que paralizó al mundo acabó no solo con la vida de 3,2 millones de personas hasta ayer, sino también con miles de empresas y fuentes de empleo. En ese contexto, el rubro de la comunicación y sus empresas ha sido uno de los más golpeados, lo que dejó a grandes cantidades de periodistas sin fuente de ingresos.

Acostumbrados a vivir en la frontera de los riesgos, desde los físicos hasta los intangibles cuando incomodan al poder político, a los periodistas las amenazas no les son desconocidas. Suelen convivir con ellas cuando descubren que aquella profesión, que ilusionada pero casi ingenuamente eligieron a los 18 años, implica asumir grandes responsabilidades en la defensa de los grandes valores humanos individuales y de la sociedad.

Por esa razón los periodistas tienen necesariamente que ser personas íntegras, correctas, que concilien con coherencia el verbo y la acción, lo que se dice con lo que se hace, lo que se pregona con lo que se demuestra con el ejemplo.

Y en los últimos años tuvieron también que comprender que, por mucha presión que reciban directamente o a través de las empresas de comunicación, su tarea de buscar la verdad, la defensa de los principios y la búsqueda de justicia no se puede detener. Comprender, en definitiva, que la presión y la amenaza son inherentes al oficio de la comunicación, particularmente en Estados donde los gobiernos no respetan los derechos de las personas, las leyes, las instituciones y en ocasiones ni siquiera la democracia misma.

El autoritarismo no es un atributo exclusivo de las dictaduras militares del pasado; también en democracia hay gobiernos populistas que, en su búsqueda de poder total, identifican a los periodistas como sus enemigos, porque estos hacen visible lo que aquellos pretenden ocultar.

Que la entrega de los periodistas al servicio del bienestar común, la búsqueda de la justicia, la defensa de los principios y de la verdad no se detengan, sea cual fuere el riesgo. Si en algo radica la grandeza del oficio, es precisamente en ese desafío. ¡Feliz día a los periodistas de Bolivia!



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