Muchos economistas describen el abandono oficial del tipo de cambio fijo por el flexible como un proceso de sinceramiento económico, saludándolo como una decisión en la dirección correcta. Lo es, pues todo ajuste requiere conocer las variables económicas con sinceridad.
De hecho, muchas veces he descrito el 21060 como el mayor gesto de sinceridad del presidente Paz Estenssoro. Lo que él hizo entonces fue, básicamente, mostrar los bolsillos vacíos del gobierno y decirle al país que no tenía sentido presionar con huelgas y bloqueos: las arcas estaban agotadas. Para confirmar tanta sinceridad sobrevino a los pocos días la debacle del mercado del estaño, principal proveedor entonces de las rentas fiscales. El país recibió un mensaje contundente: No tenía sentido alguno tratar de exprimir bolsillos vacíos, había que ponerse nomás a trabajar.
Entre ambos gestos de “sinceramiento”, sin embargo, media una distancia grande. El ajuste al que nos obliga un tipo de cambio flexible es al de los precios. El dólar podría seguir subiendo si seguimos importando más de lo que exportamos y, sobre todo, si el gobierno sigue gastando más de lo que recauda, porque financiará su déficit con deuda. Si ese endeudamiento es externo, aliviará la escasez de dólares pero estará postergando la resolución de los problemas. Si es endeudamiento interno, seguirá esterilizando los ahorros del público, en especial de las pensiones, o depreciando aún más el valor de la moneda con emisión sin respaldo.
La tentación de seguir por ese camino es muy alta, puesto que el Banco Central y los fondos de pensiones no se administran de manera independiente, sino que responden a las decisiones políticas que tome el gobierno central. Por otro lado, tampoco hay señales de ajuste fiscal, es decir, de reducción del gasto público. Se redujo el subsidio a los carburantes pero no los eliminó del todo y han vuelto a aumentar con el aumento de precios del petróleo en los mercados internacionales. Las empresas públicas siguen generando pérdidas y el presupuesto del Estado mantiene las tendencias deficitarias del gobierno anterior.
En síntesis, mientras el ajuste fiscal sacrifica al gobierno, y a los muchos que viven del gasto público, el ajuste de precios traslada el mayor peso a los ciudadanos.
Por el momento, los que ahorraron para su jubilación ya perdieron casi el 30% del valor de sus aportes. Los 214 mil millones del fondo de capitalización individual podían equivaler a algo más de 30 mil millones de dólares al tipo de cambio anterior, pero hoy ya valen solamente 21 mil millones de dólares. El jubilado que recibía un equivalente a 200 dólares, fue perdiendo poco a poco y hoy recibe un equivalente a 140. De inmediato uno debe preguntarse qué pasó con ese valor, no puede simplemente haber desaparecido. Y tiene razón. Esto no sucedió esta semana ni por el cambio en la forma de cotizar el dólar. Esta decisión solamente hizo evidente lo que ya había sucedido. Todo ese valor no se esfumó… se fue a pagar el despilfarro de todos los gobiernos desde el 2014.
El problema es que este proceso puede continuar, porque para salir de estas pérdidas los ciudadanos nos veremos impulsados a reclamar, presionando al gobierno a que gaste más, para que compense nuestras pérdidas, para que subsidie, invierta, contrate… imprima billetes.
En este momento no se me ocurre otra opción que la de pensar en un ajuste radical, que elimine la especulación sobre el tipo de cambio y las consiguientes expectativas inflacionarias aunque posiblemente cambie la actual estructura de precios relativos. Esa opción es la dolarización, es decir, el reemplazo de toda la moneda que utilizamos ahora por una moneda más fuerte y cuyo valor no pueda ser manipulado por el gobierno ni por el Banco Central. ¿Tu sueldo cayó de 720 a 500 dólares? Pues que no siga cayendo. ¿Tu anticrético subió de 69 mil bolivianos a 100 mil? Pues que ya no siga subiendo. Necesitamos estabilizar ya o corremos el riesgo de seguir perdiendo.
Dolarizar no es imposible y ya la ensayaron con éxito en otros países. Dolarizaron Ecuador y El Salvador hace unos 25 años y Panamá lo hizo hace mucho más. Y en Europa son muchos los que hicieron algo parecido, optando por el Euro y abandonando la moneda nacional que tenían. Sus economías son más sanas y la gente puede ahorrar e invertir pensando en el largo plazo, no en el tipo de cambio.
Es cierto que al dolarizar se elimina la posibilidad de contar con una política monetaria soberana pero, lejos de ser un efecto dañino, puede ser precisamente la amputación necesaria para salvar una economía muy enferma.
¿Con qué dólares se haría eso? Para comenzar, podrían monetizarse las reservas internacionales y dejar que los bancos atraigan ahorros y depósitos, cambiando los billetes bolivianos por cuentas en dólares, que de inmediato podrían circular por medio de QRs, tarjetas de débito o de crédito, transferencias directas y otros instrumentos de pago que son mucho más cómodos y útiles que los billetes mismos. Al eliminarse el riesgo cambiario, y las posibilidades de especular con él, la gente podría llevar sus ahorros a los bancos ganando intereses y acabando con el temor de que se los roben si siguen en su casa.
Por supuesto, esto no resuelve mágicamente los problemas pero contribuye a crear un clima mucho más apropiado para hacerlo. El primero en verse obligado a ajustar sus finanzas será el gobierno, porque no podrá gastar más de lo que recaude. Y tendrá que hacerlo con eficiencia y cuidado si es que quiere obtener más ingresos con nuevos impuestos. También habrá que importar bienes, equipos y servicios con más cuidado, por lo menos hasta que no se reactiven las exportaciones y logremos nuevamente superávits.
De manera que aún quedaría mucho por hacer, pero algo tendremos mejor: el preocuparnos menos sobre el valor del dólar y más por el valor de nuestro esfuerzo.
(*) Roberto Laserna es economista