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Uno pudiera mirar para otro lado porque “esa cosa” sería la excepción; pero no, en su caso, la excepción es la normalidad y romper la norma es su regla, de manera que es imposible no mirar más adentro, escudriñar y concluir que el comportamiento veleidoso y fatuo del presidente Evo Morales tiene mucho que ver con sus carencias infanto-juveniles, con la necesidad de llenar una especie de ‘vacíos materiales’, de satisfacerlos, ahora que puede.

Don Evo Morales probablemente se haya apropiado de la idea de que “llenar vacíos da sentido a la vida”, pero lo hace mal porque los vacíos materiales, una vez resueltos, no hacen sino generar otras necesidades, materiales también. Algo como eso hace el consumismo capitalista abominado por él; no se sacia con nada y vuelve a sentirse vacío una vez que se consigue lo alcanzado y por eso está esto del ‘Palacio’ llamado eufemísticamente ‘Casa del Pueblo’, cuando en realidad ‘el pueblo’ no tendrá la oportunidad de disfrutarlo –es una manera de decir–, pero él está seguro de que ‘el pueblo’ lo disfrutará a través de él.

Consecuentemente, creo que no es bueno mirar la parte, sino el todo. Morales es, al mismo tiempo, el sauna, el gimnasio, la sala de masajes y la suite en el ‘penthouse’, porque vivía en un cuarto con piso de tierra en Orinoca. Morales es ese que lo primero que visitó cuando fue a España, por ejemplo, fue la sede del Real Madrid, avisando, por supuesto, para que Florentino Pérez lo reciba y le dé una camiseta con su nombre; o el que logra (vaya uno a saber a qué costo) jugar un partido de entrenamiento con uno de los más renombrados clubes italianos.

O es el que mandó comprar un avión porque desde niño su sueño recurrente era volar. El avión usado, cuyo primer dueño era el Manchester de Inglaterra, se lo pagó en varias decenas de millones de dólares, y se da el gusto de cruzar el mar sin escalas… Y es el que ahora baja de un avión y sube a un helicóptero. Morales es la suma de todo aquello.

Morales se reivindica a sí mismo por las carencias de su infancia y su vida y se da ‘gusto’ personal, como si la plata y la obra fueran de él. Es el que está llenando sus carencias con la plata del país, que a él le parece que es lo mismo, porque puede hacerlo.

Morales también es el que enfrenta a los poderosos en la OEA o en las Naciones Unidas, donde sus discursos son una repetición de su viejo anarco-sindicalismo, pero a esos lugares lleva los recuerdos de lo que debe decir porque sabe que eso es lo que se espera de él, aunque ya no practique (si alguna vez lo hizo) el indigenismo, el amor por la Pachamama y la Madre Tierra, como dice él, aunque tenga la voracidad desarrollista del peor capitalismo depredador  en el país (Tipnis, El Bala y otros son el ejemplo de lo anotado).

Pero es también el hombre de ‘su trópico’ cocalero que no solo reivindica la coca y la pone en las medallas de Odesur, sino que lo mantiene como un santuario al que el Estado no entra con facilidad, donde sobrevive la policía sindical como la fuerza de control político por encima de cualquier institucionalidad.

Evo Morales es una mezcla de todo, del discurso vacío y de la moral dudosa, ese que dice, muy ‘orondo’, que su papá sobornó a un maestro con un ovejo y parece medir la corrupción de doble manera, la de sus amigos (recordar a Nemesia Achacollo, los sobreprecios varias veces denunciados en faraónicas obras) y el del castigo a sus enemigos de manera implacable; Morales habla de la defensa de la institucionalidad democrática y no tiene reparos en violar la Constitución por la que el proyecto político que encabeza mató en Chuquisaca, con tal de seguir siendo presidente.

Es el hombre que se anima a reclamar por la mentira ajena y dice mentiras propias, como aquella de que a los indígenas les sacaban los ojos para que no lean… En fin, ese es Evo Morales, de manera que a nadie debe extrañar que se mande hacer un dormitorio en su oficina de la casa de Gobierno con todos los lujos… seguramente para tapar la carencia de la casa del piso de tierra… 
Ese es él.

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